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La voz del cartel: El legado de Antonio Pérez Niko

La voz del cartel: El legado de Antonio Pérez Niko

Por Eduardo Carmona, Editor en Jefe RGB 360

En una pequeña oficina llena de carteles apilados como crónicas de otra época, Antonio Pérez Niko acaricia una hoja impresa con el mismo respeto con el que otros sostendrían una obra maestra enmarcada. Para él, cada cartel es más que un diseño: es un susurro que atraviesa generaciones, una pieza que educa y conecta al espectador con su tiempo y su cultura.

El trayecto de Niko comenzó en la Cuba de los años cincuenta, cuando acompañaba a su padre a una agencia de publicidad en La Habana. “Ahí veía a los personajes que preparaban anuncios para convencer al público a consumir”, recuerda. Lo que para otros niños era una simple visita al trabajo paterno, para él fue una ventana al poder de la gráfica. En los años sesenta, esa fascinación se transformó en compromiso: trabajó en propaganda política y en carteles de cine, un terreno fértil donde el arte y el mensaje se encontraban en libertad creativa.

“El cartel se volvió indispensable para mí”, confiesa. “Podías manifestar lo que quisieras, sintetizar un mensaje hasta convertirlo en arte, y lo mejor era ver cómo la gente se llenaba de él, casi sin darse cuenta”. Con recursos escasos, pero con una pasión desbordante, Niko construyó una carrera que convirtió su nombre en sinónimo de excelencia gráfica. Hoy, sus obras no solo decoran calles, sino que habitan museos y colecciones internacionales, elevando al cartel a una categoría que trasciende lo efímero.

El cartel como memoria y arte vivo
“Se decía que el cartel era un grito en la pared”, reflexiona Niko con una sonrisa. “Pero yo creo que es más un susurro. El susurro da calma, armonía. El cartel debe ser así: una invitación a mirar el mundo con otra perspectiva”.

Esta filosofía ha guiado una trayectoria que combina sensibilidad artística con rigor profesional. Para Niko, un cartel no se limita a informar; es un objeto cultural capaz de emocionar, educar y convertirse en memoria colectiva. De hecho, uno de sus carteles —diseñado para una gala de ópera en Xalapa, Veracruz— fue incluido por la Secretaría de Educación Pública en libros de texto gratuitos. “Imaginar que eso era realidad fue muy emotivo”, confiesa.

México, su hogar desde hace más de tres décadas, ha sido clave en su consolidación como referente internacional. Aquí encontró un público que no solo consume cartel, sino que lo valora como patrimonio cultural. La Bienal Internacional del Cartel de México, en la que ha participado activamente, es un ejemplo de cómo el país ha llevado este arte a la escena global. “México ha aportado mucho al arte contemporáneo. La diversidad cultural aquí enriquece todo lo que hacemos”, señala.

El artista y el empresario
Ser cartelista no es solo crear, también implica profesionalizar el arte. Niko lo sabe bien: “Han sido años de constancia y permanencia para educar al mercado sobre el valor del cartel”. Consciente de que el arte también necesita espacios de negocio, ha construido una plataforma sólida para difundir su trabajo, desde blogs hasta redes sociales. Su portafolio en línea invita a coleccionistas y amantes del diseño a explorar el universo del cartel como pieza artística y no solo como material publicitario.

“El arte debe ser compartido, entendido y comercialmente aceptado para que valga lo justo, según su resultado formal y de contenido”, afirma. Para Niko, atribuirle valor económico al cartel es reconocerlo como lo que es: una obra que transforma entornos y sociedades.

Cartelismo en la era digital
En pleno siglo XXI, el cartel ha evolucionado con las tecnologías. Niko ha adoptado software, redes sociales y plataformas digitales para ampliar el alcance de sus obras, aunque mantiene reservas sobre el uso indiscriminado de la inteligencia artificial. “La tecnología está creada para hacer todo más efectivo, pero el proceso creativo debe seguir siendo nuestro”, sostiene con firmeza.

Su visión combina tradición y vanguardia. Cree que el cartel sigue siendo una herramienta relevante para la comunicación, capaz de inspirar a las nuevas generaciones de diseñadores. “Cada generación trae su obligación de cambio. Lo importante es la confrontación constante y el atrevimiento. Eso nos hace mejores”.

El futuro del cartel
Mirando hacia adelante, Niko se entusiasma con proyectos que conecten el arte con la educación y la cultura. Para él, el cartel tiene el poder de simplificar el aprendizaje y despertar la curiosidad. “Podemos usar el cartel para despertar el interés por todo lo que la cultura nos aporta. Es coleccionable, educa, y puede convertirse en un instrumento económico valioso. Pongámoslo en acción”, propone.

Su mensaje final es claro: el arte, en cualquiera de sus formas, no es accesorio; es esencial para el desarrollo humano y empresarial. “El arte es indispensable para que nuestra sociedad se mantenga creativa. Propongo al cartel como una herramienta medular para negocios, educación y cultura. Que el arte del cartel sea rentable y trascendental, más que un simple objeto de admiración”.

Así, entre papeles, colores y décadas de experiencia, Antonio Pérez Niko sigue demostrando que un cartel no es solo diseño: es una voz que educa, inspira y conecta a las personas. Y aunque él lo llama “susurro”, su legado resuena como un eco profundo en la historia gráfica de México y el mundo.

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Eduardo Carmona

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Editor en Jefe RGB 360