Finanzas y Economía

Turismo, crecimiento y controversia: ¿Por qué la «gentrificación» cultural es una narrativa que debemos combatir?

Turismo, crecimiento y controversia: ¿Por qué la «gentrificación» cultural es una narrativa que debemos combatir?

Por: Enrique Hagmaier

Vivimos en una época en la que decir la palabra «turismo» provoca miradas y muecas de escepticismo inmediatas dentro de la población joven, como si fuese algo asqueroso. «Turistificar» se ha estado entendiendo como invadir, distorsionar, expulsar comunidades. ¿Y si, sin embargo, el turismo fuera una de las herramientas más poderosas para dignificar, empoderar y transformar economías periféricas? ¿Y si la gentrificación real no fuese la llegada del turista, sino el abandono del lugar antes de que éste llegase?

Y como siempre, vayámonos a la historia. Mucho de lo malo, y poco de lo bueno, se menciona de la España de Franco (1939-1975), algo tan poco progresista como la dictadura del Generalísimo encontró en el turismo su vía de expansión económica y de diplomacia cultural. Franco impulsó la apertura al exterior, la creación de infraestructuras turísticas, la marca “Spain is different”, y vio cómo en pocos años el volumen de visitantes internacionales saltaba de 4.3 millones en 1960 a más de 30 millones en 1975. Esa política, si bien no fue inocente, fue eficaz: el turismo inyectó divisas, empleos, modernización urbana y movilidad social en España. Lo que en la narrativa dominante de nuestra época aparece como «explotación turística» allí se mostró como palanca de desarrollo estructural.

En México, la apuesta gubernamental por el turismo se ha sostenido décadas. Programas como el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (FONATUR) y la iniciativa de los Pueblos Mágicos evidencian que la construcción de destinos no es solo recreativa, sino estratégica. Además, los últimos datos muestran que el sector turismo emplea en el país una parte significativa del trabajo formal: en 2024 se reportó que más de 4.94 millones de personas trabajaban en turismo, lo que representa aproximadamente un 9.2 % del empleo total.

La Organización Mundial del Turismo (OMT) informa que globalmente las mujeres integran aproximadamente el 54 % de la fuerza laboral del turismo, lo cual convierte al sector en una puerta de entrada para colectivos vulnerables y tradicionalmente excluidos de otras industrias.

Entonces, cuando sectores ideológicos se levantan contra el «turismo masivo», conviene preguntarnos: ¿a quién defienden?, ¿qué quieren preservar?, ¿y cuál es el costo real de bloquear la llegada de visitantes, servicios, inversiones y empleo?

Industria que empodera

Cuando llega un turista, no solo se gasta en alojamiento o transporte: se contrata personal, se emprenden negocios, se crean restaurantes, se compran artesanías, se recuperan tradiciones culturales que el olvido había empujado al margen. Jóvenes —muchas veces mujeres, o personas de diversidad sexual— encuentran oportunidades económicas que las ciudades tradicionales no les ofrecían. El turismo, lejos de ser repulsivo, es una industria a la que no se le ha dado la importancia que merece: es generador de empleos directos (hotel-restaurantes-guías-museos) e indirectos (transporte, construcción, tecnología, marketing). Por ello, en un país con retos para industrializarse, con barrios que languidecen por falta de inversión, con talentos que emigran, el turismo aparece como una válvula de escape real y urgente al que debemos dirigir nuestra atención.

Gentrificación vs movilidad social

Obivamente la llegada de turistas puede elevar precios de la vivienda, cambiar el perfil de los barrios, provocar dinámicas de desplazamiento. Pero no todas las «turistificaciones» son iguales. El problema real es cuando la comunidad local no participa, cuando la planificación es débil o nula, cuando se impone un modelo extractivo. El problema no es el turista, sino el abandono del residente anterior. Y aquí entra una reflexión incómoda: muchos discursos de izquierda se oponen al turismo bajo la bandera de «preservar la autenticidad», «la vivienda es derecho, no privilegio». Pero hay que preguntar: ¿quién preserva la vida digna?, ¿quién preserva el trabajo?, ¿quién preserva la infraestructura que permite vivir en esos lugares en vez de migrar? Bloquear el turismo, en muchas zonas, equivale a bloquear el trabajo, la posibilidad de emprender, la inclusión social, la mejora de la calidad de vida de las personas locales.

Hacia una mejor planeación

El éxito histórico de España bajo Franco demuestra que el turismo, bien aprovechado, puede transformar una economía. En México, este trabajo tiene aún campo enorme. La recuperación del turismo internacional (más de 45 millones de visitantes en años recientes) muestra que la demanda existe. Lo que hace falta es visión estratégica y a largo plazo: políticas de inclusión, vivienda regulada, formación técnica, participación local. «Gentrificación» debería redefinirse: no como «ven turista, que ya se va el vecino», sino como «se queda el vecino y además hay empleo, ingresos y una ciudad con vida». Si se excluye al residente, entonces sí habrá injusticia. Pero si se incluye, es movilidad y dignidad.

La industria turística es una industria de oportunidad para distintas personas; para las mujeres, su participación es alta en turismo, lo cual reduce brechas estructurales; para los jóvenes, nuevos trabajos, nuevos espacios, nuevas economías que no exigen herencia industrial; para la diversidad sexual, el hecho de trabajar en lugares donde son aceptados, y no se les niega el trabajo por ser ajenos a la heteronormativdad, donde pueden poner en práctica su creativdad, talento y habilidad para relacionarse. Por tanto, cuando se demoniza al turista o al «viaje de lujo», se está atacando indirectamente esos empleos, esas posibilidades de oferta social y económica que no sólo repercuten en la persona que se quiere alejar sino en cientos y miles de familias que dependerían de ese ingreso.

El turismo no es el enemigo de las comunidades, es su mejor aliado cuando se incorpora con justicia y participación local. La oposición automática al turismo —desde presupuestos ideológicos— tiene que revisarse si verdaderamente busca proteger al vulnerable o simplemente preservar una imagen estancada de pobreza romántica. El turismo, si bien no es panacea, es una planta de desarrollo que activa la economía, vincula culturas, genera empleo, conserva patrimonios. El abandono económico y cultural es lo que verdaderamente destruye los lugares. Todo lo demás es narrativa ideológica.

Así que, en vez de ahuyentar al turismo, celebrémoslo como una industria de esperanza de cambio positivo. Y exijamos a nuestros gobernantes planificación, inversión, estructuración y participación ciudadana. No dejemos que se demonice lo que podría transformar para bien a nuestras comunidades. El turismo no es un problema, es parte de la solución.

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Enrique Hagmaier

Enrique Hagmaier

Consultor en Comunicación y PR