Política

T-MEC: La oportunidad histórica y el riesgo geopolítico para México

T-MEC: La oportunidad histórica y el riesgo geopolítico para México

Por Enrique Hagmaier, Consultor en PR y Comunicación

Por décadas, México ha vivido a la sombra de su relación con Estados Unidos. Sin embargo, en el nuevo ciclo de revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), esa sombra comienza a moverse. Ya no se trata únicamente de exportaciones, reglas de origen o ventajas arancelarias, sino de algo más profundo: el rediseño del equilibrio económico y político de América del Norte.

De acuerdo con analistas del Instituto de Finanzas Internacionales, México sigue siendo visto por inversionistas internacionales como un destino prioritario para proyectos productivos, particularmente en sectores industriales, energéticos y de manufactura avanzada. El atractivo no radica únicamente en costos laborales competitivos o en su ubicación geográfica. La expectativa de que el T-MEC se renueve en términos favorables, junto con una actitud cooperativa en temas de comercio y migración, está reconfigurando la narrativa país.

La lógica y la historia han señalado que, en un mundo marcado por tensiones geopolíticas, disrupciones en las cadenas de suministro y conflictos comerciales, México se ha convertido en una plataforma confiable para producir y exportar hacia Estados Unidos y Canadá.

Pragmatismo político en año electoral

El economista jefe para América Latina de Barclays, Gabriel Casillas, anticipa que la revisión del T-MEC concluirá en «buen puerto» antes de las elecciones intermedias en Estados Unidos. Su pronóstico parte de una lectura política, en la cual Washington necesita mostrar estabilidad económica, liderazgo comercial y control estratégico de su región inmediata.

Casillas no descarta que persistan aranceles, pero proyecta que México será uno de los grandes beneficiados, con tasas efectivas por debajo del 15%. En un entorno global donde el proteccionismo avanza, esa cifra representa una ventaja estructural.

Esta revisión no se limita a ajustes técnicos. Por primera vez, el T-MEC se ha convertido en un instrumento de política geoestratégica.

Según los expertos, tres temas no comerciales dominarán las negociaciones:

  • Migración ilegal, vista por Estados Unidos como un asunto de seguridad nacional.
  • Evitar que China use a México como plataforma de evasión arancelaria.
  • Fortalecer la cooperación en materia de seguridad regional.

La relación más allá del comercio entre México y Canadá

La relación entre México y Canadá se ha consolidado como uno de los pilares estratégicos de la integración norteamericana, especialmente a medida que se define el futuro del T-MEC. Tradicionalmente Canadá ha sido un socio moderado en el concierto trilateral —por debajo de la intensidad con la que México y Estados Unidos interactúan— pero los esfuerzos diplomáticos y económicos recientes muestran una tendencia bien posicionada, pues ambos países buscan elevar la asociación hacia una vinculación más profunda y diversificada, con beneficios mutuos más allá del intercambio de mercancías.

En fechas recientes, en el contexto de la inminente revisión del T-MEC, México y Canadá han acordado un plan de acción bilateral de inversiones y comercio, que incluye cooperación en infraestructura, comercio, seguridad y cadenas regionales de valor. Esta hoja de ruta está diseñada para fortalecer la relación económica paralelamente a las negociaciones con Estados Unidos.

Paralelamente, la visita a Ciudad de México de una misión comercial canadiense compuesta por más de 370 empresarios y organizaciones empresariales evidencia el interés palpable de la economía canadiense por profundizar la inserción en el mercado mexicano. Durante estos intercambios —que se realizaron en Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara— se exploraron oportunidades especialmente en tecnología agrícola, manufactura avanzada, energías limpias, industrias creativas y comunicaciones.

Estos encuentros no solo movilizan capital privado, están respondiendo a una estrategia gubernamental que busca diversificar la relación con México. Las autoridades de ambos países han reafirmado que México es un socio confiable, destacando que la relación bilateral no solo se basa en el comercio, sino en la confianza y el compromiso a largo plazo entre comunidades empresariales y mercados que comparten 31 años de libre comercio desde el antiguo TLCAN y décadas de cooperación económica y cultural.

El fortalecimiento de la cooperación también se traduce en avances concretos en sectores específicos. Bajo el Canada-Mexico Action Plan 2025–2028, se están impulsando proyectos agrícolas con reconocimiento mutuo de inspección sanitaria, acceso a nuevos mercados para productos como manzanas y alimentos procesados, así como cooperación tecnológica para mejorar la competitividad de la agroindustria bilateral. Asimismo, se trabaja en mecanismos que faciliten el comercio agroalimentario —desde certificación electrónica hasta la apertura de nuevas categorías de exportación— con el objetivo de expandir y diversificar intercambios que ya habían aumentado significativamente en años recientes.

La consolidación de estos vínculos se complementa con misiones comerciales recurrentes. En febrero de 2026, el Presidente del Consejo Privado del Rey para Canadá, Dominic LeBlanc lideró una de las más grandes delegaciones comerciales hacia México, con más de 240 organizaciones y 370 representantes, reflejo del interés de empresas canadienses por expandir su presencia en el país y establecer líneas de cooperación directa con contrapartes mexicanas en sectores de manufactura avanzada, tecnologías limpias, alimentos procesados y comunicación digital.

Este proceso se inscribe en un contexto más amplio de integración climática, económica y tecnológica. Con la revisión del T-MEC como telón de fondo, México y Canadá han enfatizado que su relación no solo debe sostenerse en el comercio de bienes, sino en el intercambio de know-how, la inversión conjunta en infraestructura y la cooperación en seguridad, áreas que complementan y fortalecen la arquitectura norteamericana.

El «Efecto Trump» o el espectáculo político como negociación

El contexto electoral en Estados Unidos es lo más importante para esta negociación. De acuerdo con Casillas, la urgencia por cerrar un acuerdo antes de noviembre responde al cálculo político de Donald Trump: presentarse como un negociador fuerte, capaz de «poner orden» en América del Norte.

El T-MEC deja de ser un tratado y se convierte en una narrativa electoral. México, en este tablero, no es solo socio: es el principal argumento. La política comercial de Trump no parte del libre comercio como dogma, sino del comercio como herramienta de poder. Para su administración, el T-MEC no es un acuerdo técnico, sino un instrumento estratégico para contener amenazas: migración, China, narcotráfico y terrorismo transnacional. Así, quien quiera acceso preferencial al mercado estadounidense, debe alinearse a sus prioridades de seguridad y geopolítica.

Con esto, el T-MEC deja de ser solo un tratado comercial para convertirse en una plataforma de negociación integral, donde comercio, migración, seguridad y política exterior están profundamente entrelazados.

Bajo el segundo mandato de Trump, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EUA —ICE (Immigration and Customs Enforcement), por sus siglas en inglés— ha vuelto a ocupar un rol central en la agenda federal. Las redadas, las deportaciones aceleradas y el endurecimiento de controles han sido mensajes económicos y políticos. En la lógica trumpista, la migración irregular es una externalidad que distorsiona la competitividad. Por ello, Washington exige a México no solo contener flujos, sino convertirse en socio de control fronterizo. A cambio, se mantiene el acceso preferencial a cadenas de suministro críticas: automotriz, electrónica, agroindustria y manufactura avanzada.

Trump ha reformulado el discurso: el narcotráfico y el crimen organizado ya no son solo un problema regional, sino una amenaza directa a la seguridad nacional de Estados Unidos. Al equipararlos en retórica a redes terroristas, su gobierno justifica:

  • Mayor cooperación forzada.
  • Intercambio de inteligencia.
  • Presión sobre puertos, aduanas y corredores logísticos.

Este giro impacta directamente en el T-MEC, porque introduce un criterio inédito: la seguridad como condición de comercio. Las cadenas de suministro ya no solo deben ser eficientes; ahora deben ser «confiables» desde la óptica de Washington.

Para México, el escenario es ambivalente: si bien por un lado, sigue siendo el principal socio comercial de Estados Unidos, beneficiado por el nearshoring —que no ha llegado— y la relocalización industrial. Por otro, se encuentra bajo una vigilancia constante: migración, crimen organizado, control aduanero y relación con China, Cuba y Venezuela.

Trump no busca romper con México; busca redefinir la asimetría. El acceso al mercado estadounidense se mantiene, pero condicionado a resultados medibles en seguridad y control fronterizo. El «Efecto Trump» convierte al T-MEC en un acuerdo donde el comercio ya no se negocia solo con economistas, sino con secretarios de seguridad, agencias migratorias y estrategas geopolíticos.

México no enfrenta únicamente una revisión comercial, sino una reconfiguración del pacto norteamericano, donde estabilidad, control y alineación pesan tanto como los aranceles. En esta nueva etapa, el verdadero reto no es si el T-MEC sobrevivirá, sino en qué se está transformando.

México ante su momento más decisivo

Si la revisión del T-MEC logra articularse como un acuerdo justo, funcional y estratégicamente equilibrado para México, Estados Unidos y Canadá, el país puede entrar en una de las etapas más sólidas de su historia económica reciente. No se trataría solo de mantener acceso preferencial al mayor mercado del mundo, sino de redefinir el lugar de México en la arquitectura productiva de América del Norte: como un socio confiable, competitivo y con capacidad de escalar en valor agregado, tecnología y talento.

Una negociación bien conducida permitiría que México deje de ser únicamente una plataforma de manufactura de bajo costo para convertirse en un centro regional de innovación industrial, logística y energética. El nearshoring, bien gestionado, no solo atraería capital, sino también transferencia de conocimiento, fortalecimiento de proveedores locales y mayor integración de cadenas productivas. Esto implica empleo más calificado, mayor estabilidad cambiaria y un mercado interno con mayor capacidad de consumo.

En ese escenario, el futuro de México en América del Norte ya no estaría definido por la dependencia, sino por la interdependencia estratégica. Un país que no solo responde a presiones externas, sino que participa activamente en el diseño del bloque económico más dinámico del hemisferio. Si la negociación se ejecuta con visión de Estado, México ganaría certidumbre y relevancia.

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Enrique Hagmaier

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Consultor en PR y Comunicación