Opinión

Mamdani, y el socialismo que nunca duerme

Mamdani, y el socialismo que nunca duerme

Hay algo fascinante en la manera en que Nueva York, una de las capitales financieras del mundo, vuelve una y otra vez a enamorarse de sus propios idealistas. Cada generación parece necesitar uno, alguien que prometa redimir la desigualdad, domar al capital y devolverle a la ciudad su rostro humano. En los años setenta fue John Lindsay; en los dos mil, Bill de Blasio; y hoy, en pleno 2025, el nombre que carga esa fe redentora es Zohran Kwame Mamdani.

Joven, carismático, migrante y abiertamente socialista y —pareciendo que la ciudad olvida su historia— musulmán, Mamdani representa el triunfo simbólico de una nueva izquierda urbana. Su llegada a la alcaldía de Nueva York, tras años de activismo en el Democratic Socialists of America (DSA), ha sido recibida por muchos como un renacimiento moral en una época de cinismo. Pero la historia —y los números— rara vez son tan románticos.

Gobernar Nueva York no es dar un seminario universitario ni ser solamente carismático en redes sociales, es administrar una ciudad de nueve millones de habitantes, con más de 300 mil empleados públicos y un presupuesto que supera los 115 mil millones de dólares. No se dirige con hashtags ni manifiestos, sino con contabilidad, negociación y, sobre todo, renuncia.

El hijo del mundo

Zohran Mamdani nació en Kampala, Uganda, en 1991. Hijo del reconocido politólogo Mahmood Mamdani y de la cineasta Mira Nair, creció entre libros, debates sobre colonialismo y rodajes de cine. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Nueva York (NYU) y desde entonces abrazó una militancia claramente ideológica: la de un socialismo democrático que, según él, busca «humanizar» al capitalismo.

Su trayectoria política empezó como organizador comunitario en Queens, un distrito donde conviven más de 180 nacionalidades y donde la desigualdad convive, literalmente, pared con pared. En 2020 fue electo Asambleísta Estatal por el Distrito 36, y cinco años después se ha convertido en alcalde electo. En una era marcada por la apatía y el escepticismo, su campaña fue una fábula moderna de autenticidad: un político que prometía no deberle nada a los donadores, que hablaba de justicia social sin calculadora en la mano, y que citaba a Rosa Luxemburgo con la misma naturalidad con la que otros citan a Lincoln o Roosevelt, como en México citan a Juárez o a Madero.

Su programa: un nuevo contrato social sin firma en el recibo

Su plataforma electoral era tan ambiciosa como improbable. Prometió implementar una renta básica universal para los neoyorquinos de bajos ingresos, ampliar el acceso a la vivienda pública, gravar de forma más severa a las grandes corporaciones y reformar por completo el modelo policial, eliminando gradualmente la presencia armada en barrios y escuelas.

En su discurso de victoria dijo que «la ciudad más rica del mundo no puede seguir construida sobre la miseria de su gente». La frase, potente, fue también una declaración de guerra al modelo económico que sostiene a la propia ciudad: finanzas, turismo, tecnología, inmobiliarias y entretenimiento. Y ahí comienza el dilema. Porque las promesas de Mamdani no son solo moralmente incorrectas, sino que son económicamente insostenibles. Nueva York enfrenta un déficit proyectado de 7 mil millones de dólares para 2026, una crisis migratoria que ha llevado a más de 120 mil solicitantes de asilo a su territorio, y un sistema de vivienda pública que ya devora un tercio del presupuesto social. La pregunta no es si el idealismo puede inspirar, sino si puede pagar la factura.

El gesto moral izquierdista y su prueba de fuego

El socialismo urbano que Mamdani encarna no busca tanto transformar la economía como purificar la moral pública. Es una política que se justifica a sí misma por el acto de resistir, aunque no produzca resultados medibles.

El problema ya no es nuevo, pues la izquierda estadounidense lleva décadas confundiendo el activismo con la administración. Gobernar, sin embargo, implica prioridades. Y en una ciudad donde el metro se cae a pedazos, los impuestos asfixian a la clase media y las escuelas públicas pierden competitividad —hablo de Nueva York, no de la Ciudad de México—, hablar de abolir la policía o condonar deudas universitarias parece una distracción costosa. La utopía, cuando llega al poder, descubre que las matemáticas y la economía también son ideologías.

Los primeros meses de gestión serán una dura lección de realidad. Las corporaciones neoyorquinas ya han advertido que cualquier aumento de impuestos podría provocar fuga de capitales. Los desarrolladores inmobiliarios, que generan miles de empleos y pagan buena parte de la recaudación local, amenazan con detener proyectos. Algunos gobernadores ya han ofrecido condonaciones a las empresas que lleguen a sus estados. Y los sindicatos, aunque aliados en el discurso, exigen aumentos que superan la inflación.

Mamdani intenta mantener su promesa de no ceder, pero el margen es mínimo. Si quiere financiar sus programas sociales, necesitará más deuda o más impuestos. Y ambos caminos tienen el mismo destino: la recesión urbana.

El caso europeo —y latinoamericano— ofrece advertencias. Syriza en Grecia y Podemos en España demostraron que la indignación puede ganar elecciones, pero no necesariamente gobernarlas. Cuando la utopía se enfrenta a la aritmética, siempre —siempre— gana la segunda.

Un alcalde entre dos almas: Wall Street y el Bronx

El gabinete de Mamdani refleja esa tensión. De un lado, activistas del DSA en áreas culturales y de juventud; del otro, economistas pragmáticos del Partido Demócrata en Finanzas y Planeación. El resultado es un híbrido de gobierno que quiere ser revolucionario sin dejar de ser solvente.

En un gesto de humildad, el nuevo alcalde rechazó mudarse a la residencia oficial de Gracie Mansion… y decidió seguir viviendo en su apartamento de Queens. Simbolismo puro. Pero los símbolos nunca tapan baches, no equilibran presupuestos ni garantizan seguridad.

La prensa, por su parte, no le da tregua. The Wall Street Journal lo llama «el experimento socialista más caro del mundo». The New York Post ironiza: «Mamdani promete redistribución, y Wall Street le promete mudanza». El idilio mediático está lejos de llegar. Y en una ciudad que vive de la imagen, la paciencia no es virtud común.

Mamdani encarna una generación de «progresistas» para quienes la moral ha sustituido a la competencia. Su triunfo es el resultado de un electorado joven que «siente» que el sistema los ha traicionado —con deudas estudiantiles, rentas imposibles y salarios estancados— y que busca redención política. Pero la política no redime, ni busca quedar bien, la política administra. Y administrar implica frustrar esperanzas. En algún momento, este alcalde tendrá que elegir entre sus convicciones y los números, llámese, «popularidad», «aprobación». Ahí se sabrá si Mamdani es un reformista serio, o solo otro activista con despacho.

Nueva York es, desde su fundación, una contradicción viviente, pues es la capital del dinero y del arte, del lujo y del activismo, del poder y de la protesta. Mamdani intenta reconciliar esos opuestos, pero lo hace desde una posición que no reconoce la naturaleza del capitalismo neoyorquino. Wall Street no es un enemigo moral, es una realidad estructural. Los ingresos que permiten financiar escuelas, hospitales y vivienda provienen —en buena medida— de la misma economía que él critica. Es un equilibrio incómodo, pero es el que sostiene a la ciudad.

La tentación de gobernar desde la pureza ideológica suele terminar en decepción. La verdadera política, decía Raymond Aron, consiste en elegir entre lo preferible y lo detestable, no entre el bien y el mal. Nueva York, como muchísimas otras capitales financieras del mundo, está construida gracias al esfuerzo, al trabajo —o como decimos en el sur, a la chinga—, de miles y millones de migrantes que han buscado la consolidación de un sueño, precisamente, el americano. La Libertad.

El juicio de la historia

Así ocurrió con Obama y la izquierda demócrata. Así podría ocurrir con Mamdani. Cuando las expectativas son mesiánicas, cualquier medida pragmática se percibe como traición. Si recorta el gasto, lo acusarán de venderse al sistema. Si aumenta impuestos, perderá la confianza empresarial. Si intenta equilibrar ambas, será devorado por su propia base. El idealista convertido en administrador siempre paga caro su aprendizaje, y más si se está bajo la administración federal republicana, en Estados Unidos, la ley es LA LEY.

Y, sin embargo, la experiencia pudiese ser útil. Si Mamdani sobrevive políticamente y logra un mínimo de eficacia, podría redefinir el progresismo estadounidense hacia una versión más pragmática, menos mesiánica y más consciente de sus límites. Pero si fracasa, confirmará lo que muchos sospechamos —por no decir «sabemos»—: que el socialismo, incluso en su versión «democrática», sigue siendo una ideología más preocupada por el gesto que por el resultado.

La historia —cómo me encanta— nos ha dicho una y otra vez que hay algo trágico en el destino de los idealistas que llegan al poder. Siempre terminan administrando aquello que juraron abolir. Mamdani, que prometió liberar a Nueva York del yugo del capital, pronto descubrirá que sin ese capital no hay ciudad que gobernar. Su historia, sin embargo, merece atención. Representa una generación que quiere creer en algo, que busca humanidad en la política. Y eso, en un mundo saturado de cinismo, no deja de ser valioso. Pero la virtud no paga sueldos, ni mantiene luces encendidas.

Nueva York —con su brutalidad y su genio— lo pondrá a prueba. Si logra gobernar sin destruir la base económica que lo sostiene, habrá demostrado que el idealismo puede convivir con la eficiencia. Si no, será solo otro capítulo en la larga novela de utopías que despertaron con resaca.

Para… ¿terminar?

El triunfo de Zohran Mamdani es, en cierto modo, una fábula moral: un hombre que cree poder cambiar el sistema desde su centro más duro. Pero el realismo político, que no es cinismo sino experiencia, nos recuerda una lección muy antigua: no se gobierna con sentimientos, se gobierna con principios, cifras… y sabiduría. A Mamdani le falta la experiencia y sabiduría que la vida da con los años.

En el fondo, lo que su ascenso revela no es la fortaleza del socialismo, sino el «cansancio» del liberalismo estadounidense en la época «woke» para ofrecer alternativas creíbles. Cuando los republicanos renuncian a la batalla cultural, el terreno lo ocupan los soñadores (irónico).

El desafío, entonces, no es sólo para Mamdani, sino para todos los que creemos en la responsabilidad, la libertad y el mérito: reconstruir el sentido de propósito político antes de que la utopía vuelva a vendernos otro espejismo.

Por lo mientras, si vamos a Nueva York, no olvidemos llevar nuestro tapetito para extenderlo en el Times Square mientras cantamos a gritos como si nos apretaran el gañote.

Más acerca del autor
Enrique Hagmaier

Enrique Hagmaier

Consultor en Comunicación y PR