La corrupción: una cultura que debemos romper
Uno de los mayores problemas que enfrenta México es la corrupción. Desafortunadamente, con el paso de los años y la pérdida de valores, esta práctica se ha convertido en una cultura y se encuentra profundamente infiltrada en distintos sectores de la sociedad.
Pero cabe preguntarnos: ¿quién es más corrupto? ¿El oficial de vialidad que recibe una gratificación para dejar pasar una infracción menor, que, al fin y al cabo, sigue siendo una infracción, o el ciudadano que ofrece una compensación para evitar una sanción administrativa, incluso cuando es responsable del incidente?|
¿Quién es más corrupto? ¿El funcionario de cualquier ventanilla administrativa, ya sea municipal, estatal o federal, que acepta una compensación para agilizar un trámite, o el interesado que ofrece y entrega dinero para que su gestión sea atendida, muchas veces incluso de manera incorrecta o ilegal?
La corrupción no puede entenderse únicamente como un problema de funcionarios públicos. También implica una responsabilidad social. La práctica existe porque alguien ofrece y alguien acepta. Romper este círculo exige reconocer que ambas conductas alimentan el mismo problema.
Transparencia Internacional coloca a México en el lugar 141 de 182 países. De acuerdo con este organismo, la impunidad y la infiltración del crimen organizado en estructuras de poder son factores determinantes en esta calificación.
En 2010, diversas instituciones de la sociedad civil organizada comenzaron a impulsar una política pública anticorrupción que culminó, en 2012, con la creación del Sistema Nacional Anticorrupción. Desafortunadamente, este esfuerzo fue abandonado a su suerte y terminó atrapado en la burocracia, sin lograr consolidar acciones reales y determinantes capaces de revertir la trayectoria descendente de México en las mediciones de Transparencia Internacional.
Las debilidades estructurales de la política anticorrupción han impedido avances suficientes. A ello se suman decisiones recientes, entre ellas la desaparición de organismos autónomos como el INAI y el CONEVAL, así como los cambios derivados de la reforma judicial, que han generado preocupación respecto de la fortaleza de los mecanismos institucionales de transparencia, rendición de cuentas y control del poder.
Debido a la naturaleza oculta de la corrupción, su medición internacional se realiza principalmente a través de índices de percepción. Sin embargo, las noticias, los discursos políticos, las encuestas y la experiencia cotidiana de la ciudadanía forman parte de los elementos que permiten evaluar la confianza en las instituciones. En este sentido, México pasó de 34 puntos en 2012 a 27 puntos en la medición más reciente del Índice de Percepción de la Corrupción.
Otro elemento que influye en la percepción de la corrupción es el vínculo entre democracia y control del poder. Canadá obtiene 75 puntos, mientras México alcanza apenas 27. Nuestro país se encuentra incluso por debajo de naciones consideradas menos democráticas, donde la pérdida de libertades constituye un factor relevante en la evaluación institucional.
Esta relación no puede ignorarse.
Se requiere que desde las más altas esferas del poder se practiquen realmente la integridad, la rendición de cuentas y el Estado de Derecho. La ley debe ser la ley, sin excepciones ni privilegios. No debe permitirse la más mínima infracción que pueda ser sobornada, negociada o resuelta en lo oscuro.
La evasión fiscal, el desfalco de instituciones, el uso de facturas apócrifas y las empresas fantasma vinculadas con redes de poder son algunas de las expresiones de la corrupción que afectan profundamente al país.
Finlandia, uno de los países con mejores resultados en materia de integridad pública, cuenta con niveles salariales significativamente superiores a los de México. La comparación no requiere demasiadas explicaciones: la corrupción no solo es un problema ético o institucional; también es un obstáculo para el desarrollo y una de las causas que perpetúan la pobreza.
México no puede aspirar a mejores niveles de bienestar mientras la corrupción siga siendo una práctica tolerada, normalizada y, en muchos casos, protegida.
Combatirla exige mucho más que discursos. Requiere instituciones sólidas, autoridades íntegras, ciudadanos responsables y una sociedad dispuesta a dejar de considerar normal aquello que, en realidad, nunca debió serlo. #OpiniónCoparmex
Oscar Moreno Littleton, Presidente del Comité de Federaciones de COPARMEX Nacional