Frankenstein, o cómo llegamos a amar a un monstruo
Que Guillermo del Toro —uno de los cineastas más sensibles a lo monstruoso y a lo marginado— aborde la novela Frankenstein; o el Moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley no es un dato menor, es un verdadero acto de reivindicación cultural. Un director mexicano —fruto de una tradición de realismo mágico, horror y fábula— tomó la historia del científico que juega a ser Dios y el cadáver que desea ser humano, y la convirtió no solo en espectáculo, sino en metáfora de nuestra condición: de lo que rechazamos, de lo que tememos, de lo que somos.
Del Toro invierte el cliché como siempre, la Criatura (interpretada maravillosamente por un Jacob Elordi que ha dejado ya el mote de chico guapo para demostrar realmente su rango actoral) ya no es un raro en exceso, sino un ser sintiente, esencial, herido, deseante, que busca conexión y aceptación. Tal como el mismo Guillermo lo define, en esta versión el «monstruo» es “staggeringly beautiful… in an other-worldly way”.
Y frente a él, un Dr. Victor Frankenstein (interpretado por Oscar Isaac) que aspira a la inmortalidad, al poder, que abandona lo creado. Los verdaderos monstruos aquí no son las partes humanas ensambladas para crear un ser deforme, sino el rechazo, la ira, el ego herido, la indiferencia. La soledad que vive la Criatura, la imposibilidad de amar o de ser amado, el deseo de existir: todos son tan humanos que duelen.
Soledad, deseo de vivir acompañado y el sufrimiento de no ser aceptado
El núcleo emocional de la obra es doble: la soledad del ser diferente, y el afán de pertenecer. En un mundo que juzga por lo físico, la diferencia se convierte en castigo. En este sentido, Frankenstein se convierte en espejo de quienes han —hemos— vivido la discriminación —por deformidad, por raza, por credo, por género— y del enorme coste antropológico que eso tiene: aislamiento, autoodio, traición de los propios principios para lograr visibilidad. Del Toro lo entiende a la perfección, es un cineasta obsesivo que lleva décadas soñando con esta película. Y en su visión, el perdón aparece como liberación: el creador que reconoce su culpa, el monstruo que acepta su identidad, el ser humano que aprende a perdonar para vivir libremente. Eso hace que el relato trascienda lo fantástico y coloque sus pies en lo cotidiano, en lo universal.
El monstruo está en los detalles
El diseño de producción es monumento al quehacer de Del Toro: la fotografía de Dan Laustsen recrea ese aire gótico, barroco y lúgubre que caracteriza al cine del director. El casting reúne a nombres de peso para acompañar a Isaac y Elordi: Mia Goth, Christoph Waltz. Además, el director ha apostado por efectos prácticos, decorados físicos, maquillaje tangible: como comenta Waltz, “CGI is for losers.” Esto creó una textura filmográfica que conecta con la materia del dolor, de la carne, del cuerpo que sangra o que esquiva la luz.
La importancia de verla en cine y el apoyo de Netflix
Este proyecto se estrenó primero en salas (23 de octubre) y, a partir de hoy, en streaming a través de Netflix. Este modelo híbrido marca una tendencia relevante ya que permite que el cine de autor y de gran presupuesto tenga ventana de exhibición en pantallas grandes (fomentando un impulso económico para las cadenas, visibilidad para el arte) y luego alcance global digital.
Para ciudades fuera de los grandes hubs —como muchas en México—, estas producciones son oportunidades de revitalización cultural y de mercado, ya que la audiencia vuelve al cine, la conversación entre creadores, la inversión en mastodontes audiovisuales no solo para Hollywood, sino producidos desde una mirada mexicana. Un filme así demuestra que el cine mexicano puede aspirar a escala global, sin perder su identidad.
Frankenstein de Guillermo del Toro no es un remake más como se puede llegar a pensar, si bien cambia detalles en comparación con la novela, esta versión es una declaración de amor al monstruo, al marginado, al creador y a lo creado. Es cine que construye humanidad desde la diferencia. Nos recuerda que los monstruos pueden —o podemos— tener alma, que la belleza puede brotar en la cicatriz, que la soledad exige compañía pero también perdón.
Y lo mejor, que pueda sentirse como gran espectáculo en pantalla grande, y luego como experiencia global en tu casa. Porque si el cine quiere redimir algo —el arte de ser humano— debe permitirse vivirlo en todos los formatos. Vean esta película en sala sí aún la encuentran, conversen después. Y démonos cuenta que, a pesar de todo, hay monstruos que nos reflejan y nos rescatan.