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Cumbres Borrascosas: cuando la literatura se resiste al cine

Cumbres Borrascosas: cuando la literatura se resiste al cine

Por Enrique Hagmaier, Editor Digital RGB 360

Cuando una obra literaria se adapta para la pantalla, o para la chica como está muy de moda, siempre se crean ciertas expectativas que —en la mayoría de las ocasiones— no se ven cubiertas cuando vemos el producto final. El lector, mientras leemos, no solo imaginamos, dirigimos. Decidimos los rostros, el ritmo, el clima emocional, el tono de cada silencio. Nos convertimos en director, fotógrafo, editor y compositor de una película interior que ninguna adaptación podrá replicar sin violentar ese pacto íntimo que se crea entre el texto y quien lo habita. Por eso toda versión cinematográfica de una novela amada nace ya bajo sospecha por lo que inevitablemente deja fuera.

Eso ocurre hoy con Cumbres Borrascosas, reinterpretada por Emerald Fennell, cineasta cuya obra —desde Promising Young Woman hasta Saltburn— se ha caracterizado por una estética excesiva, barroca, deliberadamente artificial, donde el diseño, la música, el vestuario y la composición visual no funcionan como acompañamiento narrativo, sino como discurso en sí mismo. La muy ganada comparación con Baz Luhrmann responde a una afinidad: ambos entienden el cine como una forma de hipérbole emocional, donde la exageración es un método. La pregunta es qué dice de nuestra época esta necesidad de reescribirlo desde una sensibilidad distinta. Tal cual como lo hacemos nosotros a leer un libro. Y eso es lo que quienes creamos valoramos más que nada: la libertad creativa. Que es nuestro derecho, y la capacidad que tenemos, de imaginar, escribir, expresar, producir todo aquello que necesitamos contar, sin censuras ni limitaciones impuestas. Implica que haya autenticidad, una transformación personal que permita explorar nuevos límites artísticos, pero siempre y cuando se tenga muy claro lo que queremos contar. Es decir, sí, puede haber libertad creativa siempre y cuando uno mismo se ponga límites y criterios de evaluación que nos mantengan dentro del espacio correspondiente, de lo contrario, todo podría llegar a convertirse en una obra sin sentido alguno.

Publicada en 1847 por Emily Brontë, Cumbres Borrascosas fue, desde su aparición, una anomalía moral y literaria. No ofrecía lecciones, no castigaba con claridad, no redimía a sus personajes. En su centro no hay crecimiento ni superación, hay estancamiento, repetició y herencia del rencor. Heathcliff no es un villano en el sentido clásico, sino lo que la literatura romántica llamó un héroe byroniano: oscuro, herido, excesivo, condenado por su propia intensidad. Fue un niño humillado, golpeado, tratado como animal; un joven traicionado por el único amor que conoció; un hombre que no supo transformar su dolor en algo distinto al rencor. Su violencia es una consecuencia. No es justificable, pero es comprensible. Y esa diferencia, hoy, parece imperdonable.

El problema no es que Heathcliff sea violento, manipulador o cruel, su problema que no se arrepiente en los términos que la sociedad espera. No actúa movido por el bien, ni siquiera por el amor en sentido moral, sino por una pasión absoluta que no reconoce límites éticos ni sociales. Él no regresa buscando justicia, busca restitución simbólica: devolver el daño recibido en la misma moneda, o más si se puede, aun si para ello debe destruir a quienes no fueron responsables directos de su humillación, como ocurre con Hareton, Catherine y Linton (los descendientes de los personajes de la primera parte).

En este sentido, Cumbres Borrascosas es una genealogía del resentimiento. La herida inicial que no se cierra, la violencia que se transmite. El pasado que se repite bajo nuevas formas. Esta lógica circular, profundamente trágica, resulta difícil de asimilar en un contexto cultural que exige narrativas de reparación, donde toda herida debe conducir a un aprendizaje y toda conducta dañina debe ser moralmente categorizada. Y eso debido a que vivimos en una era donde toda incomodidad debe ser nombrada como violencia, donde todo conflicto exige una condena inmediata, donde los personajes deben ser ejemplos y no espejos. Pero la literatura no nació para educarnos, sino para revelarnos. Heathcliff no representa lo que deberíamos ser, sino lo que tememos reconocer en nosotros mismos: ese deseo de venganza que alguna vez sentimos, ese impulso de hacer pagar a quien nos rompió, esa fantasía de ver sufrir a quien nos negó el amor.

La adaptación de Fennell, al centrarse en la primera parte de la novela y suavizar el tono gótico en favor de una estética más romántica, responde a esta tensión contemporánea, un intento de volver legible y visible, para una sensibilidad actual, un texto que se resiste a ser domesticado. El resultado no es una versión errónea o mal hecha, es una que es más reveladora, ya que nos muestra hasta qué punto nos cuesta conocer y conectar con relatos donde el dolor no conduce a la redención y donde el deseo no puede separarse de la destrucción.

Esta relectura se apoya, además, en una construcción visual cuidadosamente orquestada, desde la fotografía realizada por Linus Sandgren (La La Land, Babylon, No Time To Die, Saltburn) que privilegia los contrastes de luz natural, los paisajes abiertos que funcionan como extensión emocional de los personajes, el vestuario diseñado por Jaqueline Durran (Pride & Prejudice, Anna Karenina, Beauty and the Beast, Barbie) que sugieren clase, poder y decadencia sin recurrir al exceso literal, y una partitura musical y canciones realizadas por Charli XCX que acerca (tanto al público como a los jóvenes a conocer la obra) a lo que estamos viendo, y tratando de entender a nuestros protagonistas. Por cierto, no dejo de escuchar “Chains of Love” mientras escribo este texto.

Les juro que ya me dieron ganas de volver a verla, porque ver una obra así en cine no nomás un gesto romántico o por estética, o por ver a Robbie y Elordi lo más grandes posibles. No. La sala oscura te brinda ese escape y concentración que no te puedes permitir en casa. Y, si vas, ojalá te toque en un asiento libre de personas que hablen porque es para verla, perderse y admirarse. El cine, como espacio colectivo, restituye la gravedad de la experiencia artística en un tiempo que ha vuelto todo desechable.

Cumbres Borrascosas, tanto la novela como la película, necesitan ser pensadas, en primer lugar como obras aparte, aunque una esté basada en otra, y en segundo lugar, como interrogación permanente sobre los límites del amor, la herida, la memoria y la venganza. Su vigencia no se debe a su capacidad de adaptarse a nuestro tiempo, yace en su negativa a hacerlo del todo. Y creo que es ahí, en esa resistencia, donde sigue encontrándose su verdadera fuerza.

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Editorial RGB 360

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