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Crítica: El diablo viste a la moda 2, nostalgia y cultura contemporánea

Crítica: El diablo viste a la moda 2, nostalgia y cultura contemporánea

Corría el año de 2006 cuando estrenó la primera parte de lo que aparenta se convertirá en una franquicia, “El diablo viste a la moda”; lo recuerdo con gran claridad, 13 años tenía yo cuando me senté en esa sala de Cinépolis Plaza de Toros (ahora Esfera) en Querétaro y comenzó el largometraje. Anne Hathaway limpiando su espejo de baño empañado y comenzando a lavarse los dientes… una gozada de principio a fin que me dejó perplejo y con el sueño de que, de no dedicarme al cine (no lo hago actualmente), debía estar en una revista, quería yo ser Miranda Priestly de GQ México -saludos y díganme adonde envío mi CV Condé Nast-… y aquí estamos 20 años después y soy dueño y fundador de un medio de comunicación.

Todo lo anterior más allá de dar un marco contextual de mi relación con la película, basada en la novela homónima de Lauren Weisberger publicada en 2003, lleva una conexión profunda con la razón de existir de “El diablo viste a la moda 2”, si bien escéptico estaba yo, la realidad es que no era ajeno a que pudiera ser una realidad tangible. Corte a -breve flashback- circa 2016 cuando tuve la oportunidad de estar en un viaje universitario a la Universidad de Santa Fe, Nuevo México, y en un Target, me compré “La venganza viste a la moda”, secuela de lo que hoy es la trilogía literaria. Sin embargo, esta secuela actualmente en cartelera no está basada ya en los libros, sino que toma a sus personajes como base para crear un nuevo capítulo.

Y es aquí donde venía mi cuestionamiento de la necesidad de generar una secuela, si hay material de origen, ¿por qué hacerlo desde cero? La respuesta, los tiempos, vaya que han cambiado radicalmente.

La película nos introduce a 2026 con Andy (Anne Hathaway) como una periodista consolidada de The New York Vanguard; sin embargo, una terrible noticia recibida vía WhatsApp la hacer verse sin trabajo. Corte a, Runway vive un escándalo por apoyar a una marca cuya reputación es dudosa, esto pone en tela de juicio a su líder, Miranda Priestly (Meryl Streep) desde la perspectiva de su relevancia y autoridad como ícono de la industria de moda y medios. En medio de este caos, sus caminos se entrelazan y ambas se verán forzadas a lidiar una con la otra y sus 20 años de experiencia separadas.

David Frankel (Director) y Aline Brosh McKenna (Guionista), fueron convocados de vuelta para realizar esta secuela. Cartera abierta y recursos ilimitados, el resultado es evidente, el abismo en escala de lo que representó la primera entrega a esta segunda. Cameos, marcas, números musicales, tomas en exteriores tanto en Nueva York como Milán y un soundtrack que incluye a las mayores divas: Gaga, Cyrus, Lipa y Madonna, todo esto cohesiona en una historia bien ejecutada más no carente de estiramiento, su introducción es lenta y llega a tocar lugares muy comunes; sin embargo, una vez hecho el planteamiento la película retoma su esencia y entramos en el frenesí. Convirtiéndose en una declaración a momentos conmovedora sobre la ética laboral, los contrastes intergeneracionales, la crisis ante la integración de la eficiencia operativa y la tecnología en favor de la rentabilidad corporativa, el valor del arte y el precio detrás de las marcas.

Por parte de las actuaciones es un goce visual e histriónico volver a ver a todos en pantalla, como si de un montaje tipo Marvel se tratara, Stanley Tucci y Emily Blunt de vuelta a hacer combo con Streep y Hathaway, con ligeros guiños al pasado, siempre será agradable, ahora más grandes y “sabios” es inevitable hacer una evaluación personal y proyectarse en alguno de ellos.

“El diablo viste a la moda 2” a modo global resulta una secuela oportuna más no necesaria, la primera parte ya tiene su estatus de clásico y es lo que es, simplemente la podremos revisar 400 veces con la esperanza de que Andy no suba a dejar el libro con las gemelas o que en su enojo no arroje ese tremendo Rib-eye al fregadero. Sin embargo, resulta un retrato de autohomenaje y análisis contemporáneo en un mundo inmerso en la inmediatez, los clips, la historias flash, el clickbaiting, la rentabilidad exacerbada y la propia crisis de la creatividad en un contexto cada vez más efímero (saludos Tik Tok). La reflexión es dura en medio de las risas y la diversión, ¿qué estamos haciendo para hacer un mundo más justo y creativo? ¿Qué pasa con el talento nuevo? ¿Cómo cosechar ambientes laborales sanos sin caer en el paternalismo y la indulgencia? ¿Cuotas de diversidad? ¿Periodismo o contenido? Interesante debate, veremos en 20 años qué sucede… eso es todo.

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Editorial RGB 360

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