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Bioplásticos en México: el reto de construir una industria sostenible

Bioplásticos en México: el reto de construir una industria sostenible

Entrevista con Esteban Guzmán, Vicepresidente de AMBio Bioplásticos de México

Por: Raúl Cedeño. Pluma: Enrique Hagmaier.

En un contexto marcado por la transición hacia modelos productivos más sostenibles, los bioplásticos se han convertido en una de las alternativas con mayor potencial para transformar la industria de los materiales en México. Desde la regulación ambiental hasta la innovación tecnológica, este sector avanza entre retos, oportunidades y una creciente demanda por soluciones responsables.

Para entender el panorama actual, el papel de la Asociación Mexicana de Bioplásticos (AMBio) y el lugar que ocupa México en el mapa regional, Raúl Cedeño, Director General de RGB 360, conversó con Esteban Guzmán, Vicepresidente de AMBio, sobre el origen de la asociación, la evolución del mercado, los avances tecnológicos y los desafíos que marcarán los próximos años.

El origen de AMBio y su papel en el ecosistema mexicano

En 2019, cuando distintas entidades del país empezaron a vetar productos plásticos de un solo uso, la industria reaccionó con reflejos conocidos: defensa, resistencia, polarización. El discurso se tensó rápidamente entre un gobierno decidido a cambiar las reglas y un sector productivo que sentía que le estaban moviendo el piso sin aviso previo.

“Ahí nos dimos cuenta de que faltaba algo”, dice Esteban Guzmán, vicepresidente de la Asociación Mexicana de Bioplásticos. No una trinchera más, sino un espacio intermedio. Una voz que no negara la urgencia ambiental, pero que tampoco desconociera la complejidad industrial.

La Asociación comenzó a gestarse en ese momento incómodo. Primero como conversación, luego como necesidad, finalmente como estructura formal en 2021. “No queríamos hablar sobre la industria, queríamos hablar desde la cadena de valor que sí estaba interesada en hacer las cosas distinto”, explica.

Desde entonces, AMBio ha operado como un traductor. Entre regulación y tecnología. Entre innovación y mercado. Entre una agenda ambiental legítima y una realidad productiva que exige escalabilidad, certidumbre y viabilidad económica.

De la regulación a la innovación: la evolución del concepto de bioplásticos

Al inicio, el foco era concreto: sustituir bolsas, popotes, utensilios. Resolver el problema inmediato. Pero conforme el conocimiento técnico se fue asentando, el alcance se amplió. “México empezó a entender que los bioplásticos no eran una anécdota ni una moda, sino una familia completa de materiales con aplicaciones reales”, dice Guzmán.

Hablar de bioplásticos —aclara— no es hablar de una solución única. La industria trabaja con compuestos diseñados para entrar directamente a las máquinas existentes, con formulaciones distintas según el proceso: inyección, extrusión, termoformado, impresión 3D, resoplado. Recetas distintas para necesidades distintas.

Materias primas, innovación y aplicaciones clave

Dentro de ese universo, hay un protagonista claro: el PLA. Un biopolímero derivado principalmente de la caña de azúcar que ha logrado algo poco común en materiales nuevos: adaptarse rápido. “Es versátil, tiene buena procesabilidad y, además, es compostable certificado”, explica. Esa combinación lo ha convertido en la puerta de entrada para muchas empresas mexicanas.

Otro material relevante es el PBAT, que combinado con PLA se utiliza en bolsas compostables y aplicaciones de delivery.

Uno de los mayores retos técnicos ha sido el desarrollo de empaques para alimentos, donde se requieren barreras contra oxígeno, humedad y luz. Aquí la industria ha encontrado soluciones innovadoras que igualan muchas de las propiedades de los materiales convencionales, cuestionando incluso prácticas de sobreingeniería que ya no siempre son necesarias.

Pero no todo el avance viene por el lado obvio. Guzmán se detiene en un ejemplo revelador: la impresión 3D. “Ahí nadie compra bioplásticos por conciencia ambiental. Los compran porque funcionan mejor”. En regiones como el Bajío y el norte del país, el uso crece para autopartes, prototipos, refacciones, juguetes, producción a pequeña escala. Fabricación distribuida, rápida, funcional.

Donde la conversación se vuelve más compleja —y más interesante— es en los empaques para alimentos. Guzmán habla de ello con respeto técnico. Detrás de una bolsa de papas hay ingeniería de barrera: oxígeno, humedad, luz. Capas superpuestas que alargan la vida del producto.

“Cuando migras a biopolímeros, tienes que replantearlo todo”, dice. ¿Cómo lograr las mismas barreras con materiales de origen natural que, además, están pensados para reintegrarse al ambiente? La respuesta no siempre está en replicar el pasado, sino en cuestionarlo. Incluso en aceptar que tal vez no siempre se necesitan doce meses de vida en anaquel cuando la rotación real es mucho menor.

México en el contexto latinoamericano

Ese ejercicio de honestidad técnica ha abierto desarrollos que hace unos años parecían inviables. Y ahí México aparece como un actor particular en la región. Guzmán no duda: el país está entre los tres mercados más relevantes de Latinoamérica en bioplásticos, tanto en volumen como en potencial.

Brasil tiene escala. Chile tiene legislación avanzada. México tiene algo más difícil de replicar: industria robusta, tecnología de punta, consumo interno, presión exportadora y un entorno regulatorio en evolución constante. “Lo que pasa en Estados Unidos o en Europa nos impacta casi de inmediato”, dice. Cambia una norma allá y se abre —o se cierra— una oportunidad aquí.

Además, hay una carta aún poco explotada: la producción local de materias primas bioplásticas a partir de subproductos agroindustriales. “Tenemos los insumos, tenemos el talento. Falta escalar la ingeniería”, resume. No lo plantea como promesa, sino como trayectoria natural.

Colaboración con gobierno y academia

Nada de esto, aclara, puede hacerse en solitario. Por eso el trabajo con universidades, centros tecnológicos y autoridades ha sido central. AMBio ha colaborado con instituciones como la UNAM, el IPN y la UAM en la construcción de normas técnicas y definiciones clave. “Si no definimos bien qué es y qué no es un bioplástico, todo lo demás se vuelve ruido”, señala.

El papel del gobierno, dice, es establecer reglas claras y funcionales. Ni ausencia ni exceso. Certidumbre. “La regulación que definamos hoy va a marcar el rumbo de los próximos cinco años”, advierte.

Retos y oportunidades hacia 2026

De cara a 2026, Guzmán identifica un punto de inflexión: la separación obligatoria de residuos orgánicos en la Ciudad de México. No como obstáculo, sino como oportunidad. Compostaje real, infraestructura adecuada, plantas suficientes. Transformar residuos en abono para el campo mexicano, justo en un momento en el que el país recibirá más turismo, más consumo, más presión sobre sus sistemas.

“Si hacemos bien las cosas en los próximos cinco años, México tiene una oportunidad histórica de liderar esta industria a nivel regional y global”, dice. “El principal reto es crecer sin perder el rumbo: avanzar con regulación clara y funcional, evitar la sobreregulación y consolidar cadenas de suministro que aún son jóvenes frente a una industria plástica tradicional con décadas de desarrollo.”

La conversación con Esteban Guzmán deja claro que los bioplásticos en México ya no son una promesa futura, sino una industria en construcción con bases técnicas, regulatorias y empresariales sólidas. El reto ahora es escalar, consolidar y convertir la sostenibilidad en un motor real de competitividad para el país.

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Editorial RGB 360

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