Era una editorial que dejó de leer
Hay noticias culturales que uno lee y sigue con el día, y hay otras que, quizá porque llevamos demasiados años mirando determinadas cosas con cariño, obligan a detenerse un momento. El cierre de Ediciones Era pertenece para mí a esa segunda categoría. No porque una editorial tenga que existir eternamente —ninguna empresa, por prestigiosa que sea, tiene garantizada la permanencia—, ni porque su catálogo carezca de valor, todo lo contrario: pocas editoriales mexicanas pueden hablar de una tradición literaria con la relevancia de Era, de autores, títulos y momentos fundamentales para comprender buena parte de nuestra literatura contemporánea. Lo que me hace pensar, más que el cierre en sí mismo, es lo que representa para una industria que lleva años intentando encontrar su lugar en un país donde leer sigue siendo, lamentablemente, una práctica mucho menos extendida de lo que quienes amamos los libros quisiéramos.
Porque quizá uno de los problemas, sino es que el verdadero problema de una editorial no comienza cuando sus ventas comienzan a caer, sino mucho antes, cuando deja de preguntarse quién está leyendo, quién podría leer, qué quiere encontrar ese lector que todavía no ha entrado a una librería y, sobre todo, qué nuevas voces están intentando decir algo que todavía no hemos escuchado. Una editorial puede tener un catálogo extraordinario, autores consagrados, títulos imprescindibles y décadas de prestigio detrás, pero el prestigio por sí solo no construye futuro. El mundo editorial también necesita curiosidad, riesgo, nuevas maneras de promocionar, nuevos formatos, nuevas comunidades y, sobre todo, la voluntad de descubrir escritores que todavía no tienen un nombre que vender.
Y aquí es donde me parece que tenemos que separar dos conversaciones que solemos mezclar. Una es la calidad de los libros que publica una editorial; otra, muy distinta, es la capacidad que tiene esa editorial para seguir encontrando lectores y escritores cuando el mundo alrededor está cambiando. Puedes tener una novela extraordinaria y hacer que pase desapercibida. Puedes tener un autor brillante y no saber cómo presentarlo. Puedes tener veinte títulos que merecen estar en las manos de miles de personas y, sin embargo, venderle el mismo discurso a quienes ya leen, en lugar de preguntarte cómo convencer a quienes todavía no lo hacen.
México tiene además un problema que vuelve esta discusión todavía más compleja: necesitamos más lectores. Y digo esto sin repetir aquella frase simplista de que «los mexicanos no leen», porque los datos requieren más cuidado. El MOLEC 2025 de INEGI muestra que la lectura existe y que las personas lectoras dedican en promedio 59 minutos acumulados al día a leer libros; también registra que casi la mitad de la población lectora de libros lee al menos una vez por semana. El problema, entonces, es la dificultad de convertir la lectura en un hábito suficientemente extendido, atractivo y sostenible dentro de una sociedad donde compite contra plataformas de streaming, redes sociales, videojuegos, videos cortos y una cantidad prácticamente infinita de estímulos.
Y quizá aquí las editoriales tienen una responsabilidad que va mucho más allá de imprimir libros. No pueden limitarse a esperar que el lector llegue; tienen que salir a buscarlo. Tienen que entender que una persona de veinte años probablemente no descubre un libro de la misma manera que alguien de cincuenta, que un lector de novela young-adult puede encontrar una historia en TikTok antes que en una librería, que una novela puede empezar a construir comunidad mucho antes de llegar a una mesa de novedades y que un autor desconocido puede convertirse en una conversación cultural si alguien decide apostar por él.
Por eso me parece interesante mirar lo que hacen grupos editoriales que han entendido que una editorial contemporánea necesita hablarle a distintos lectores y, por lo tanto, construir distintos mundos alrededor del libro. Penguin Random House tiene una estructura de sellos y catálogos que permite que convivan propuestas muy distintas, desde Random House y Alfaguara hasta Lumen, Reservoir, Grijalbo y otros sellos dirigidos a públicos y sensibilidades diferentes. Más allá del catálogo, hay algo que me parece especialmente valioso: la disposición a buscar voces nuevas. El Premio Mauricio Achar, impulsado por Librerías Gandhi y Penguin Random House, nació precisamente para promover la escritura y ofrecer una oportunidad a autores noveles. Esa decisión parece sencilla, pero detrás hay una idea fundamental: entender que el futuro de una editorial no puede construirse únicamente con los nombres que ya conocemos.
Grupo Planeta ha construido una lógica parecida desde otra escala y con otras características, articulando sellos y premios dirigidos a distintas áreas y públicos, desde Planeta, Diana y Austral hasta otros proyectos especializados, además de una larga tradición de concursos que funcionan como mecanismos de descubrimiento. Incluso iniciativas digitales como Click Ediciones nacieron con una premisa que me parece particularmente relevante para este momento: descubrir nuevos talentos y ofrecerles una vía de entrada al mercado editorial, incluso pensando en una posterior publicación en papel.
Y esto me interesa mucho porque, al final, una editorial no solamente vende libros: vende la posibilidad de que una historia encuentre a alguien dispuesto a escucharla, a leerla, y sentirla. Hay algo romántico en eso. Un manuscrito escrito en una habitación, una computadora encendida de madrugada, alguien que lleva años pensando que tiene algo que decir y finalmente decide ponerlo en papel; del otro lado, alguien tiene que leerlo y decir: «aquí hay algo». No necesariamente un bestseller, no necesariamente una obra perfecta, pero sí una voz. Y esa capacidad de reconocer una voz antes de que se convierta en nombre es, probablemente, una de las formas más importantes de criterio editorial.
Por eso creo que el problema de una industria que se cierra sobre sus mismos autores, sus mismos formatos y sus mismos públicos no es solamente comercial, sino cultural. Cuando dejamos de descubrir voces nuevas, dejamos de descubrir otras maneras de pensar. Cuando publicamos únicamente aquello que sabemos que puede vender —o que llevan año tras año editando—, terminamos formando un catálogo que confirma lo que ya conocemos y excluye aquello que todavía no sabemos que necesitamos. Y cuando una sociedad deja de leer nuevas historias, también corre el riesgo de dejar de imaginar nuevas posibilidades sobre sí misma.
No quiero decir con esto que todo autor consagrado deba desaparecer para dejar espacio a uno nuevo, ni que un libro nuevo sea automáticamente mejor que uno que lleva cuarenta años acompañándonos. Sería absurdo. La tradición necesita continuidad y las editoriales necesitan catálogos sólidos. Pero una cosa es proteger una tradición y otra vivir de ella —no creo que vivieran solo de Las batallas en el desierto y Aura—. Una cosa es respetar a los autores que construyeron una casa y otra cerrar todas las ventanas para que nadie pueda entrar.
Tal vez por eso el caso de Ediciones Era me provoca más tristeza que nostalgia. Porque me obliga a pensar en cuántas otras editoriales, revistas, librerías, compañías teatrales y proyectos culturales podrían correr una suerte parecida si dejan de observar cómo está cambiando el lector. Y no necesariamente porque sus libros hayan dejado de ser buenos, sino porque el mundo alrededor de ellos ya no consume, descubre ni conversa de la misma manera.
Y nosotros también tenemos responsabilidad en esto. Es muy fácil decir que las editoriales deben publicar mejor, promocionar mejor, descubrir nuevos autores y apostar por obras arriesgadas; mucho más difícil es abrir la cartera, comprar el libro de un autor desconocido, entrar a una librería independiente —pero una que tenga sus sesgos ideológicos por separado, por favor—, asistir a una presentación, regalar una novela en lugar de otra cosa que probablemente olvidaremos en una semana. También necesitamos dejar de pedirle a la industria que nos dé cultura mientras nosotros le dedicamos nuestro tiempo únicamente a aquello que ya conocemos.
Quizás el futuro editorial está en entender que tradición e innovación pueden convivir si existe la suficiente curiosidad para hacerlas dialogar. Una editorial puede conservar a sus grandes autores y, al mismo tiempo, preguntarse quién será el próximo. Puede vender los clásicos y buscar al desconocido que todavía no sabe que está escribiendo algo importante; puede respetar el papel y experimentar con lo digital; puede cuidar su catálogo y aprender a contar sus libros en TikTok, Instagram, podcasts, clubes de lectura o donde sea que estén los lectores que todavía no han descubierto que aman leer.
Porque al final, los libros siguen necesitando exactamente lo mismo que necesitaban hace cien años: alguien dispuesto a escribirlos y alguien dispuesto a creer en ellos. Y quizá esa sea la verdadera lección que deberíamos sacar del cierre de cualquier editorial: que en una industria construida sobre la memoria, sobrevivir también exige saber imaginar el futuro y no basta con preguntarnos qué autores nos han traído hasta aquí; tenemos que preguntarnos quiénes serán los autores que llevaremos con nosotros hacia adelante. Y mientras existan editoriales dispuestas a hacer esa pregunta, habrá libros que todavía no conocemos y que, quizás, estamos esperando leer.