En el camino, ¿qué sigue después de todo esto?
Mi historia con el cine de David Pablos incluye el conocimiento de solo sus largometrajes, “Las elegidas” (2015) y “El baile de los 41” (2020), ambas con temáticas si bien separadas -una sobre la trata de mujeres y otra acerca de la marginación de la alta alcurnia queer en el porfiriato- su entrecruce o columna vertebral viene siendo poner de frente la marginación y lo tabú para incomodar al espectador y comenzar una charla incómoda pero necesaria: México como crisol de lo surreal, lo más bello envuelto en los demonios de nuestra sociedad; inseguridad, clasismo, discriminación y machismo.
“En el camino” (2025), que por fin ha llegado a nuestras salas de cine, y que, además, tuve la oportunidad de estar en un conversatorio con sus dos protagonistas Víctor Prieto y Osvaldo Sánchez, además del propio Pablos, no me hizo más que confirmar el poder de este cineasta y su obra.
La cinta nos presenta la historia de Veneno (Prieto) un joven que se sumerge en el mundo de los transportistas, “traileros” para términos más claros, y que sobrevive de pasar la noche y ofrecer cuerpo a uno que otro conductor, “En el camino” -usando a propósito el título- Veneno se cruza con Muñeco (Sánchez), con quien forma un vinculo peculiar y durante su trayecto este lazo se volverá más fuerte de lo que se pudiera imaginar.
Por el lado del guion y la dirección de Pablos, son una verdadera cátedra en lo que a precisión respecta, cada cuadro es indispensable para sumergirnos en este mundo de claroscuros donde entre las sombras el autor propone una visión llena de imaginación, luces neón, sensualidad y masculinidad exacerbadas, para entregar una historia de amor sin igual donde las barreras a vencer no son los prejuicios derivados de la predisposición discriminatoria de una sociedad patriarcal de frente a la homosexualidad, sino un ente mayor con nombres y apellidos: inseguridad, narcotráfico, clasismo y machismo.
El trabajo de los protagonistas es sumamente sensible y atinado, sin tocar el melodrama, nos llevan por un viaje casi documental a través de un lenguaje crudo, frontal (literal y metafóricamente), rudo, pero que se entremezcla con la nostalgia, el anhelo por lo prohibido, el deseo carnal y por supuesto la aspiración de una vida mejor, queremos que estén bien y que lleguen a puerto… de alguna forma la película nos lo da, pero hay que pasar por el fango para entender que no siempre una final feliz es color de rosa. Sin temor a equivocarme, David Pablos logra su cinta más transgresora hasta el momento, haciendo honor al cine queer, al menos en mi caso rememorando al buen Julián Hernandéz (“El cielo divido”, mi primer incursión en cine mexicano gay), pero extrapolándolo al género dramático mainstream con un soundtrack, edición y estructura más lineal en su narrativa, sin dejar de lado la provocación del desnudo frontal, la exposición del miembro masculino, el sexo crudo y explícito, como vehículos inminentes para dejar claro que en un mundo donde la fuerza más grande puede ser el amor en cualquiera de sus formas, ¿adónde vamos si en el caso de un país como México se da en la tormenta constante de la inseguridad, la violencia y el patriarcado?
Imperdible…