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¿Por qué el Oscar “desprecia” lo que el público ama? Una disección a lo “Mejor” del cine estadounidense

¿Por qué el Oscar “desprecia” lo que el público ama? Una disección a lo “Mejor” del cine estadounidense

Existe un abismo, a veces insalvable, entre lo que sucede en la taquilla global y lo que se decide en las urnas de la Academia. Durante el último cuarto de siglo (2000-2025), la industria ha intentado descifrar el algoritmo del éxito en la Academia. La conclusión simplista es que el drama es el “pasaporte dorado” para obtener la estatuilla más deseada por el sector cinematográfico, pero si rascamos la superficie, descubrimos que la realidad es mucho más cínica y fascinante: la Academia no premia géneros, sino la validación moral.

El Drama o el Thriller: la moneda de cambio favorita

De las veinticinco películas que han alzado el máximo galardón en este milenio, diez han sido dramas, pero no cualquier drama. La Academia ha perfeccionado un gusto por lo que podríamos llamar el “Drama de Estado”. Películas como Gladiador12 años de esclavitudEl Discurso del Rey y recientemente Oppenheimer no ganaron solo por su manufactura impecable, sino porque son monumentos a hechos reales o figuras históricas que reafirman una idea de importancia colectiva.

Este tipo de cine le permite a Hollywood sentirse relevante. Al votar por un drama histórico o social (como Nomadland o Crash), el académico está emitiendo una declaración de principios. Es el cine como “conciencia del mundo”, una categoría donde el comentario humano pesa más que cualquier innovación técnica.

El suspenso ha logrado arrebatar la estatuilla en cinco ocasiones, pero siempre bajo una condición innegociable: debe ser incómodo. El Oscar ignora el thriller de entretenimiento puro —ese que nos mantiene pegados al asiento por pura adrenalina— y solo abre la puerta a relatos que diseccionan la podredumbre social.

Los Infiltrados (la violencia como lenguaje), Sin Lugar Para los Débiles (el azar y el mal puro), Argo (la política como espectáculo) y, por supuesto, Parásitos. El triunfo de la cinta de Bong Joon-ho fue el golpe en la mesa definitivo que marcó que el género puede ser accesible, sí, pero debe ser un bisturí que corte la estructura de clases. Si el thriller no cuestiona el status quo, para la Academia es simplemente ruido.

El cómico complejo de inferioridad

Aquí es donde la injusticia se vuelve más evidente, la comedia ha ganado cinco veces en veinticinco años, pero nunca como una celebración de la risa. En Hollywood, parece haber un miedo patológico a premiar el humor puro. Para que una comedia gane, debe estar disfrazada de algo “más serio”.

Birdman tuvo que ser un ejercicio existencialista sobre el ego; Green Book un comentario sobre el racismo; Anora una exploración cruda de la marginalidad. La risa solo es aceptable si viene acompañada de una capa emocional que la justifique. Como si los votantes necesitaran pedir perdón por haberse divertido.

Fantasía, Terror y Ciencia Ficción: los muros infranqueables

El mensaje para el cine de género fantástico es que no eres bienvenido a menos que seas una anomalía imposible de ignorar. El Retorno del Rey (2004) no fue un premio a una película, sino una capitulación ante una proeza que cambió la historia del cine. La Forma del Agua (2018) fue la coronación de un autor que logró que un monstruo se sintiera como una pieza de arte clásico. Lo bueno es que este año vemos a Frankenstein en esta selección de lo mejor del cine, pero retomando lo anterior, no es sino por el hecho de retratar lo mejor y lo peor de la condición humana.

¿Y el resto? El musical, Chicago, la ciencia ficción, Everything Everywhere All At Once, y el drama deportivo, Million Dollar Baby, son apenas notas al pie en un historial que desprecia sistemáticamente el terror y la acción. Es como si el género que el público consume de forma masiva careciera de la “dignidad” necesaria para la posteridad.

¿Qué vendrá este año?

Al observar la terna de este año, los vicios de la Academia parecen intactos. Los dramas familiares con peso literario como Hamnet, y las exploraciones existenciales en tierras extranjeras como Valor Sentimental, tienen ese aroma a “estatuilla” que tanto gusta en Los Ángeles. Eso si considerásemos que se premie lo mejor del cine, pero bueno, todos sabemos que los Oscar son el premio político paliativo que se le da a una película después de otra.

La verdadera pregunta para el futuro no es qué género ganará, sino cuándo la Academia dejará de considerar el entretenimiento como un pecado. Por ahora, el Oscar sigue atrapado en su propia definición de prestigio: historias que se sienten trascendentes, aunque a veces, en el camino, se olviden de la magia que nos hace ir al cine cada vez.

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Editorial RGB 360

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