Cuando La Única Opción es saber afrontar el desempleo
Ayer tenía frío, flojera y muchas ganas de ir al cine —como siempre—, y como ya había visto Marty Supreme, La Única Opción —literalmente— fue la elegida. Vamos, no sabía de qué iba, ni nada, sólo sabía que su director Park Chan-wook es el mismo de “Decision To Leave”, que me encantó, así que entré con ganas de ver algo nuevo de él.
Todo iba bien, hasta los primeros diez minutos yo creo, que el pobre Yoo Man-Su, el protagonista, se queda sin trabajo, y casi casi que alguien dijo «¡Hola, Enrique!», hice esta película para ti.
Cuando termina un contrato, uno suele pensar —porque así nos lo han vendido— que lo siguiente llegará pronto. Que el currículum es sólido, que la experiencia pesa, que el mercado se mueve por sí solo. Hay una liquidación que, en el mejor de los casos, funciona como una tregua psicológica: unos meses para respirar, reorganizarse, buscar con calma. El sistema está diseñado para que creas eso. Para que te confíes.
Pero pasan las semanas, luego meses. Y no llegan ni entrevistas, ni llamadas, ni rechazos formales. Niente. Solo silencio. Un silencio administrativo, profundamente impersonal –a veces, si bien te va, un «hemos decidido avanzar con otro candidato»—. Empiezas a preguntarte qué hiciste mal. Si tu perfil ya no es deseable. Si te pasaste de edad, de expectativas, si cobras más que lo demás, si aún tienes dignidad. Y hay en la película una frase muy cierta: «Perder el trabajo no es tu problema, el problema es cómo lo afrontas»

La frase aparece no como una provocación, sino como una verdad asumida por quienes nunca han tenido que vivirla desde el estómago. Suena a consejo motivacional, a frase de LinkedIn escrita desde la comodidad del salario puntual. Y, sin embargo, es ahí donde la película clava el cuchillo: en esa distancia brutal entre el discurso y la realidad. Porque perder el trabajo sí es el problema. Todo lo demás viene después. Como si el problema fuera tu actitud y no una estructura entera que ha dejado de necesitarte.
«La Única Opción» no ofrece consuelo. No cree en la épica del desempleado resiliente ni en la narrativa heroica del «reinventarse». La película habla de la falta real de opciones laborales –y más para quienes les han dado muchísimos años a una compañía y a un solo sector—, no como excusa sino como condena. De decisiones tomadas bajo presión económica, social y emocional, donde elegir «lo correcto» no siempre existe. Y eso la vuelve profundamente incómoda, moralmente ambigua y, sobre todo, humana.
Porque el trabajo no es solo un ingreso. Es identidad, rutina, pertenencia. Es la posibilidad de sostener a una familia, de pagar una renta, de no depender. Cuando tienes personas a tu cargo, el desempleo no es introspectivo ni romántico: es miedo, insomnio, cálculo constante. Cada gasto se vuelve culpa, no disfrutas vivir. Cada día sin respuesta laboral es un martirio.

Y, paradójicamente, también existe el otro lado. Ese lugar silencioso donde no tener familia ni grandes responsabilidades si bien vuelve la caída menos ruidosa, también la puede hacer más solitaria, pero, a su vez, también menos urgente. Hay una tranquilidad incómoda en saber que, si todo falla, solo te caes tú. Esa diferencia —que rara vez se reconoce— cambia por completo la forma de vivir el desempleo. No te hace mejor ni peor. Solo más o menos expuesto. En mi caso, mi liquidación me duró casi un año, estudié un diplomado, estudié francés, me dediqué al gimnasio, comencé una consultora— y gracias a Dios tengo a mi familia que me abrió las puertas, que nunca estuvieron cerradas— para regresar a casa y que jamás me ha faltado techo, comida o ingresos, pero aún así no es lo mismo tener esa independencia que te da tener un trabajo que tener que estar en casa nuevamente.
La película también retrata algo que, quienes hemos pasado por procesos de selección, conocemos bien: un sistema de entrevistas que parece diseñado no para descubrir talento, sino para filtrar humanidad. Preguntas trampa, silencios incómodos, pruebas eternas, procesos de seis o siete etapas donde nadie se responsabiliza del «no». Como si el candidato tuviera que demostrar no solo capacidad, sino docilidad, optimismo permanente, gratitud anticipada.
Se nos pide resiliencia infinita en un mercado profundamente indiferente. Se nos exige estabilidad emocional mientras se nos mantiene en una inestabilidad constante. Y cuando no resistimos, cuando dudamos, cuando nos cansamos, el juicio llega rápido: no supiste afrontarlo.
Ahí está el corazón de la crítica de La Única Opción, esa idea tan vendida de que siempre hay alternativas. De que todo depende de la actitud. De que el mérito basta. La película desmonta esa fantasía sin discursos, sin moralejas. Lo hace mostrando lo que ocurre cuando el sistema empuja a las personas a elegir entre opciones que no son realmente elecciones. No hay villanos claros. No hay héroes. Hay personas agotadas, presionadas, arrinconadas. Y eso es lo que más incomoda: reconocerse.
La Única Opción no solo impacta por su historia, sino por cómo está construida visual y sonoramente. La cinematografía de Kim Woo-hyung utiliza composiciones cuidadas y encuadres deliberados que refuerzan la tensión entre lo cotidiano y lo absurdo, haciendo que incluso los momentos más triviales se sientan cargados de significado. El montaje sabe equilibrar la sátira con la desesperación, conectando planos y escenas con un ritmo que hace que la frustración del protagonista, y de otros personajes, se sienta casi física, sin necesidad de artificios melodramáticos. La música, compuesta por Cho Young-wuk, se integra de forma inteligente al relato: a veces subrayando la ironía, otras acentuando la incomodidad, amplificando esa doble cara de comedia negra y crítica social que mantiene al espectador en un vaivén emocional.
En cuanto a las actuaciones, Lee Byung-hun entrega una interpretación muy elogiada, mostrando la complejidad de un hombre común empujado al límite por la precariedad y la pérdida de identidad laboral. Su Man-su es simultáneamente trágico, torpe y grotescamente simpático, lo que permite que la película funcione sin perder humanidad. Son Ye-jin, como su contraparte familiar, aporta densidad emocional a la película y ayuda a anclar el mundo narrativo de Park Chan-wook en una dimensión más íntima y familiar. La conjunción de cámara, actuación y música convierte la película en más que una reflexión social: es una experiencia sensorial que obliga al espectador a sentir, además de pensar.
Porque todos, en mayor o menor medida, hemos juzgado desde fuera. Hemos pensado que alguien «pudo haber hecho más». Que «algo se le pasó». La película te obliga a hacerte una pregunta incómoda: ¿cuántas de esas decisiones que juzgamos fueron realmente libres?
Quizá las acciones de Man-Su no son las más aceptadas y recordemos que todo es una sátira, pero creo que ha de haber personas que se sienten así y más en una cultura como la coreana o japonesa donde la tasa de suicidio es más alta. Tan solo en Corea del Sur, se registró una tasa de 29.1 suicidios por cada 100,000 habitantes en 2024, un aumento del 6.3% con respecto a 2023, o sea, es la principal causa de muerte entre personas de 10 a 49 años, y precisamente por causas que son estructurales y sociales como la presión social y académica; problemas económicos y desempleo; aislamiento; la cultura de la perfección; y la desigualdad social.
A quienes hoy están sin empleo, esperando una llamada que no llega, teniendo miedo de moverse de lugar y no escuchar la llamada, revisando el correo con una mezcla de esperanza y cansancio: no están(mos) rotos. No fallaron(mos). No son(mos) menos valiosos por este paréntesis impuesto. El silencio del mercado y la pausa laboral no definen nuestro talento ni trayectoria.
Hay algo profundamente injusto en esta etapa, y reconocerlo no es victimismo: es honestidad, y una honestidad valiente. Afrontar el desempleo no significa sonreír mientras todo arde. A veces significa simplemente resistir, un día más, sin perder del todo la dignidad ni la mirada propia.

Si algo nos recuerda La Única Opción es que sobrevivir también es una forma de valentía, aunque no luzca bien en un CV. Y que, incluso cuando el sistema nos hace creer que no hay opciones, seguir siendo humanos —con miedos, con dudas, con cansancio— ya es, en sí mismo, un acto de resistencia.