Equidad Sustantiva

El Papel de la Economía en la Transformación Cultural de México

El Papel de la Economía en la Transformación Cultural de México

Por Eduardo Carmona

En un país donde las brechas sociales aún son profundas, Salma Luévano Luna ha convertido la palabra inclusión en una estrategia de desarrollo económico. Desde la Unidad de Economía de Inclusión de la Secretaría de Economía, impulsa un modelo que busca no solo reconocer la diversidad, sino convertirla en una fuerza productiva capaz de transformar al país.

Su trayectoria —como activista, legisladora y ahora funcionaria— resume la esencia de una nueva visión de gobierno: una economía que crece porque integra, no a pesar de sus diferencias. “La economía de inclusión incluye a todos los grupos prioritarios”, explica con énfasis. “No es solo un tema de mujeres o diversidad sexual. También hay hombres que, al llegar a cierta edad, ya no encuentran empleo; personas con discapacidad, pueblos originarios, migrantes… todos deben tener acceso a una vida digna y productiva”.

De la agenda social a la estrategia económica

Salma habla con la convicción de quien conoce la lucha desde las calles y los espacios legislativos. Hoy, desde una trinchera institucional, trabaja para que la inclusión deje de ser un discurso y se convierta en política pública con resultados tangibles.

“Estamos construyendo un Consejo de Inclusión que reúna a organizaciones civiles, empresarios y autoridades”, comenta. “Las organizaciones ya tienen mucha de la información que necesitamos para diseñar políticas más precisas. Lo que falta es unir esfuerzos, aprovechar esa data y traducirla en acciones”.

Esa integración —dice— permitirá que los programas públicos no se dupliquen, sino que respondan a necesidades reales: becas, acceso a salud, vivienda y oportunidades laborales. “Una economía de inclusión significa una economía compartida. Es asegurarnos de que nadie se quede atrás”.

Cuando la diversidad se convierte en productividad

Salma defiende una idea tan sencilla como poderosa: la inclusión no es filantropía, es una inversión inteligente. Lo ejemplifica con naturalidad: “En una de las empresas que visité, había un proceso con mucho ruido que enfermaba a los trabajadores. Decidieron contratar personas con discapacidad auditiva y el resultado fue doblemente positivo: mejoró la productividad y se generaron empleos dignos para una población olvidada”.

Historias como esa muestran que la inclusión también es eficiencia. “Cuando las empresas entienden que la diversidad puede resolver problemas operativos, logran una ventaja competitiva. La inclusión no solo es ética, también es rentable”.

Indicadores, datos y la urgencia de medir lo invisible

Aun con los avances, Salma reconoce que uno de los mayores retos es la falta de información precisa. “En México todavía no tenemos cifras claras sobre cuántas empresas son realmente incluyentes o qué porcentaje de su fuerza laboral pertenece a grupos diversos”, explica.

Actualmente, trabaja con organizaciones internacionales para medir el impacto económico de la llamada “economía rosa”, que genera una derrama estimada de 86 mil millones de dólares anuales en el país. “Sabemos que los sectores más activos son el turismo, la moda, la gastronomía y el entretenimiento, pero falta desglosar con exactitud cuánto representa cada uno. Lo que no se mide, no existe”.

Esa falta de datos, señala, impide incluso acceder a presupuestos. “Sin indicadores, es difícil defender recursos para programas de inclusión. Por eso es fundamental visibilizar el aporte económico de las poblaciones diversas. No se trata solo de justicia social, se trata de desarrollo”.

De la intención a la acción

Su paso por empresas y estados del país le ha permitido constatar algo que no duda en señalar: la inclusión en México aún se simula. “Hay muchas compañías que se dicen incluyentes, pero no lo son. Ponen la bandera, pero no los baños accesibles; hablan de equidad, pero no contratan personas trans o indígenas”, dice con firmeza.

Sin embargo, cree que esa realidad está cambiando. “Cada vez más empresas entienden que ser incluyente no es una moda, sino una necesidad. Quien quiera ser competitivo, tendrá que ser incluyente. No hay de otra”.

Su mensaje al sector privado es directo: “la inclusión no es un favor, es una oportunidad”. Y añade: “Cuando las empresas abren sus puertas a la diversidad, abren también la puerta a la innovación y a nuevos mercados”.

El legado: una economía con rostro humano

Cuando se le pregunta cómo imagina el futuro, Salma no duda. “Mi legado será haber sensibilizado a las empresas y al gobierno sobre la importancia de construir una economía donde todos tengan lugar. Si hoy somos el quinto país con empresas incluyentes, quiero que en cinco años seamos referencia global”.

En su mirada hay determinación, pero también esperanza. “La inclusión no solo transforma vidas, transforma economías. Y ese es el verdadero progreso: el que se mide no solo en cifras, sino en dignidad”.

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Eduardo Carmona

Eduardo Carmona

Editor en Jefe RGB 360