Salud y Estilo de Vida

Inteligencia emocional: el paso siguiente para que el bienestar se traduzca en resultados

Inteligencia emocional: el paso siguiente para que el bienestar se traduzca en resultados

Por Vanessa Araujo, Conferencista y Psicoterapeuta Cognitivo Conductual

Las empresas que ya invierten en bienestar han dado un gran paso. Pero, ¿qué hace que ese esfuerzo se traduzca en resultados tangibles? La respuesta está en una habilidad: la inteligencia emocional. En una edición anterior hablé de cómo el bienestar dejó de ser un lujo para convertirse en la esencia de la cultura organizacional. Hoy, el siguiente paso para que ese bienestar sea sostenible y genere valor real es desarrollar, de manera intencional, la capacidad de reconocer, comprender y gestionar las emociones propias y las de los demás.

De la teoría a la urgencia práctica

Pensemos en los momentos de mayor incertidumbre: un recorte de personal o un cambio brusco de estrategia. En esas circunstancias, los colaboradores miran a sus líderes no solo para que les den dirección, sino para encontrar estabilidad y claridad. Un líder que maneja sus propias emociones y que, además, es capaz de reconocer las de su equipo, se convierte en un ancla de confianza. Esa seguridad emocional reduce el ruido interno, libera energía y permite que las personas enfoquen su energía en lo que realmente importa. Esta conexión humana tiene un efecto directo en el rendimiento. Cuando las personas sienten que pueden expresarse sin miedo a ser juzgadas, cuando las diferencias se gestionan con respeto y las tensiones se resuelven de manera constructiva, la innovación surge de manera natural. La inteligencia emocional, en este sentido, no solo mejora el ambiente de trabajo: es un multiplicador de creatividad y eficiencia.

Del bienestar a la acción

Crear programas de salud física, mental y financiera es un gran avance. Sin embargo, sin un componente emocional sólido, estos esfuerzos se quedan en iniciativas aisladas. La verdadera transformación ocurre cuando las personas desde los líderes hasta cada colaborador desarrollan la capacidad de reconocer, entender y gestionar emociones propias y ajenas. Esta habilidad no solo favorece la convivencia; es el puente entre el bienestar y la productividad sostenible. La inteligencia emocional no es un adorno blando, sino una competencia que permite tomar decisiones claras en momentos de presión y construir relaciones que potencian el talento colectivo.

Cuando un equipo ha aprendido a identificar y regular sus emociones, la energía no se diluye en malentendidos ni en fricciones internas. Al contrario, se libera para enfocarse en metas comunes. De esta forma, la inteligencia emocional se convierte en la herramienta que transforma un ambiente de bienestar en un sistema de alto desempeño.

El trabajo interior: autoconocimiento y autogestión

La inteligencia emocional no se trata de negar las emociones o de no sentir. De hecho, éstas existen por una razón muy poderosa: para sobrevivir, decidir, relacionarnos y aprender. Son una brújula que, bien comprendida y gestionada, nos permite adaptarnos y dar sentido a lo que vivimos.

Las emociones siempre surgen de un pensamiento que puede no estar alineado a la realidad, es decir, éste puede estar distorsionado, ya sea por ideas erróneas que tenemos sobre nosotros mismo o por asumir una situación externa. 

Para desarrollar la inteligencia emocional es indispensable tener la capacidad de cuestionar aquellos pensamientos que nos están generando emociones negativas preguntandote ¿Me es funcional pensar así? ¿Tengo evidencia de que ese pensamiento es real? 

A partir de ahí, se puede hacer un cambio. Además, hay que recordar la premisa de que las emociones que nos generan lo que pensamos son solo nuestras. Muchas veces solemos culpar a los demás de nuestras emociones porque resulta más fácil quitarnos esa responsabilidad. Para trabajar y mantener esta habilidad es indispensable poner en práctica algunos hábitos en el día a día: higiene del sueño, alimentación balanceada, actividad física frecuente, límites sanos, tener un propósito, disciplina, evitar las comparaciones y disfrutar el presente.

Del yo al nosotros: conciencia social y gestión de relaciones

Cuando aprendemos a cuestionar nuestros propios pensamientos y emociones, estamos listos para el siguiente paso: mirar hacia afuera y entender a los demás. Ahora que sé quién soy y saco lo mejor de lo que yo tengo, ¿cómo puedo relacionarme con los demás?

Absolutamente todos queremos lo mismo: ser escuchados, vistos y entendidos. Pero al momento de interactuar con el otro muchas veces nos olvidamos de todo lo anterior. Oímos en lugar de escuchar, no nos tomamos la molestia ni de dirigir la mirada a quien nos habla y, enfocamos nuestras respuestas a lo que nosotros queremos escuchar. 

¿Quieres tener conciencia social? Observa, escucha, comunícate asertivamente e intenta ver el mundo a través de los demás. Finalmente, la gestión social es la manera en que interactuarás con los demás siguiendo todo lo anterior en práctica.

Un reto para la alta dirección

Al igual que con el bienestar, la inteligencia emocional debe dejar de considerarse un taller de “soft skills” para convertirse en una habilidad estratégica. Los tomadores de decisiones que la priorizan descubren que, más que un curso, implica rediseñar la forma de liderar.

Esto requiere cambios concretos:
– Establecer canales de comunicación en donde la retroalimentación sea frecuente, asertiva y constructiva.
– Modelar la vulnerabilidad como un signo de fortaleza y no de debilidad.
– Medir y recompensar comportamientos que fortalezcan la empatía y la colaboración.

Los tomadores de decisión no solo deben “aprobar” programas de inteligencia emocional; deben vivirlos. Cuando los líderes practican la autogestión y la gestión de relaciones, dan permiso implícito a sus equipos para hacer lo mismo. Y en esa coherencia se construye credibilidad. La inteligencia emocional deja entonces de ser un discurso para convertirse en una experiencia cotidiana que permea toda la organización.

De la cultura al impacto medible

Un estudio publicado en el International Journal of Business and Management Invention en el 2024 encontró que entre 150 empleados de distintas industrias, quienes mostraban niveles altos de inteligencia emocional reportaban mayor productividad, particularmente en el manejo del estrés y sus habilidades interpersonales, lo que se además se verá reflejado en los estados financieros. 

Un ejemplo inspirador es el programa “Search Inside Yourself” de Google, diseñado para desarrollar conciencia emocional, empatía y mindfulness. Tras su implementación, los participantes reportaron menor estrés, mejor manejo de emociones y mayor colaboración entre equipos, impulsando un clima de innovación y un aumento en la eficiencia operativa. Esta experiencia muestra cómo una iniciativa bien diseñada puede convertir la inteligencia emocional en un motor de productividad y bienestar colectivo.

De la intención a la práctica

El reto, claro, es pasar de la teoría a la acción. Desarrollar inteligencia emocional no se logra con un solo taller, igual que el bienestar no se alcanza con “pizzas los viernes”. Requiere una estrategia sostenida: entrenamientos continuos, espacios de diálogo inclusivos, políticas que faciliten la escucha activa y una cultura que premie la empatía y la colaboración.

Esto puede significar crear espacios de conversación para hablar de emociones en momentos de cambio, implementar evaluaciones periódicas y capacitar a los líderes para identificar y atender tensiones antes de que se conviertan en conflictos. La clave es la consistencia: cuando la inteligencia emocional se practica todos los días, deja de ser un proyecto para convertirse en un modo de trabajar.

El momento de dar el siguiente paso

Si el bienestar corporativo abrió la conversación, ahora toca llevarla a la práctica cotidiana. Las organizaciones que integren la inteligencia emocional como parte de su ADN no solo cuidarán de su gente: elevarán su capacidad de innovar, crecer y competir en un entorno cada vez más exigente.

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