Opinión

Wicked, y la magia del poder de la narrativa

Wicked, y la magia del poder de la narrativa

Por Enrique Hagmaier, Consultor en PR y Comunicación

Hay películas que se estrenan, las vemos y las llegamos a olvidar apenas comienzan los créditos. Y hay otras que se vuelven realmente un evento, que irrumpen en la conversación pública por todas partes, como si alguien hubiese abierto una presa emocional que llevaba años sin fluir. Wicked, en sus dos partes, pertenece a esta segunda categoría. No solo porque adapta uno de los musicales más queridos de Broadway, sino porque logra convertir su universo moral —hecho de colores brillantes y criaturas mágicas— en un espejo inesperado del mundo político, corporativo y comunicacional en el que vivimos.

Ya que estás dentro del mundo corporativo, y más dentro del área de la comunicación, se vuelve casi imposible no pensar en lo que estás viendo de esta manera, y así me pasó. En su centro, Wicked no es una historia de magia y música, sino una historia de narrativas. De quién las controla, quién las disputa, quién es convertido en héroe y quién es moldeado para cargar con la etiqueta de «villano», aunque su único pecado haya sido no encajar en el orden establecido y salir de éste.

Y, ya muy por encima de todo, Wicked es una historia de amistad entre mundos incompatibles, ese tipo de vínculo que solo es posible cuando dos personas se encuentran desde sus grietas, heridas, y desde aquello que el resto del mundo juzgaría como una anomalía.

Los polos opuestos

En el corazón emocional de ambas películas está la relación entre Elphaba —verde, incómoda por ser directa y honesta, brillante, inteligente, y demasiado consciente de la injusticia— y Glinda —rosadita, rubia, luminosa, socialmente funcional, un poco muy superficial, pero con un instinto moral más firme de lo que ella misma siquiera sospecha.

Su amistad llega a funcionar porque es improbable, porque desafía la lógica de las «tribus» sociales que el mundo moderno nos ha impuesto: «relaciónate con quienes se parecen a ti, hablan como tú, votan como tú, visten como tú». pero Wicked nos recuerda también algo que las organizaciones y las empresas suelen olvidar: que la innovación ocurre cuando se juntan personas que, quizá jamás, debieron coincidir.

En el mundo corporativo esto se evidencia dentro de los equipos más creativos, pues son los más heterogéneos: el introvertido analítico, la extrovertida visionaria, el senior que ya lo vio todo, la junior que aún no sabe que «eso no se puede», y como Glinda y Elphaba, la magia ocurre cuando ambos polos dialogan sin intentar borrarse.

La película lo dramatiza —y conmueve— en su transición emocional más bella: ese momento de baile en el que la empatía supera la incomodidad y pelea inicial, y cada una descubre en la otra no un espejo, sino un contrapunto, y ahí es donde se construye la amistad real: en la fricción que no expulsa al otro, sino que lo pule para volverlo alguien mejor.

En el corporativo, ese es el principio del liderazgo moderno; en las comunicaciones internas, es la base de una cultura sana; en la vida personal, es probablemente la única forma adulta de amar a alguien.

El peligro de la empatía

Tal cual, Elphaba no es perseguida por ser verde, eso a nadie le importa, pero esa es la excusa visual. El verdadero motivo es que ella ve lo que otros prefieren no mirar. Es la única que comprende que los animales están perdiendo la capacidad de hablar; la única que detecta que detrás de la política del Mago de Oz hay una maquinaria de manipulación y silenciamiento.

Su empatía con los vulnerables funciona como metáfora perfecta de cualquier persona que, dentro de una organización, decide defender a quienes no tienen voz: los practicantes que cargan el trabajo invisible, los equipos técnicos que jamás reciben crédito, las mujeres que enfrentan micromachismos, los seniors desplazados por modas generacionales.

Elphaba sería esa persona incómoda en una junta que pregunta: «¿Y qué pasa con quienes no están representados aquí?” Esa pregunta, en el mundo real, incomoda. En la película, la convierte en un peligro.

La maquinaria narrativa, el poder que villaniza

Morrible y el Mago de Oz representan la versión más sofisticada del poder moderno, como si no estuviésemos acostumbrados, a aquel que no necesita recurrir a la fuerza, porque controla el relato. No intenta destruir al adversario, sino que lo convierte en monstruo para que el pueblo, la gente, los demás lo hagan.

Cualquier profesional de la comunicación reconocemos el mecanismo: se exageran rasgos, se desconectan causas de consecuencias, se omite el contexto y se fabrica una geometría moral donde «nosotros» somos orden, bondad, y «ellos» son caos y maldad. Y así es como funciona la publicidad política, algunas crisis corporativas, y ciertos algoritmos.

Morrible y Oz entienden que la narrativa no describe la realidad, sino que la sustituye, y quien se atreva a desafiar esa narrativa —como Elphaba— se vuelve automáticamente enemigo del sistema. Su sistema. Es imposible ver la película sin recordar casos reales donde un empleado denunciante fue vilificado, o donde una mujer que decidió no seguir las reglas tácitas de sumisión fue etiquetada como problemática.

Aquí hay una escena que me ha parecido muy fuerte por la época que estamos viviendo, en la que el Mago le dice a Elphaba «aunque salga y le cuente al pueblo la verdad, ellos no me van a creer, porque se han agarrado a esa mentira y es en lo que quieren creer», fuerte, ¿no? El pueblo se cree las mentiras que por años les han sido contadas, con el fin de creer en algo, y aunque sepamos que Elphaba es la buena, acá es la figura del disidente ético y, lamentablemente, el mundo rara vez perdona a quienes no juegan el juego.

Cuando la verdad exige un sacrificio

Uno de los elementos más profundos de Wicked —particularmente en la segunda parte— es la decisión de Elphaba de proteger a Glinda incluso a costa de su propia reputación.

Esto parecería contrario al discurso contemporáneo del empoderamiento individual, pero la película insiste en algo que el mundo corporativo rara vez podría aceptar, ya que a veces decir la verdad completa puede destruir a quienes queremos, y si bien en el mundo empresarial nunca podemos realmente confiar en alguien, a veces —si nos va bien—, podemos llegar a tener un amigo. A veces callar es un acto de amor y desaparecer es la única forma de salvar al otro.

Elphaba, si bien no renuncia a su causa, renuncia a su visibilidad. En ese acto final, la película deja de ser un cuento moral y se convierte en una meditación sobre liderazgo ético, el líder que entiende que su victoria personal no vale el costo de la fractura del equipo.

Eso, en un mundo obsesionado con la fama y el mérito individual —y las publicaciones en LinkedIn—, es, hasta cierto punto, revolucionario.

El color como lenguaje

Más allá de la historia, Wicked se ha convertido en un caso de estudio en marketing cultural. El verde y el rosa —dos colores que podrían parecer infantilmente antagónicos— se convirtieron en códigos universales: el verde como una rebeldía ética y el rosa como un optimismo luminoso.

La campaña global fue un manual perfecto de cómo crear un evento antes del estreno: colaboraciones con marcas de maquillaje, moda, joyería y gastronomía; experiencias inmersivas; TikToks virales; lanzamientos musicales estratégicos; y ediciones especiales para fans que crecieron con el musical y para audiencias jóvenes que lo descubrieron en redes.

Este fenómeno —que ya vivimos con Barbie (Dir. Greta Gerwig, 2023)— nos recuerda que el marketing contemporáneo no vende productos, vende —irónicamente—pertenencia, y quien consume Wicked no solo compra boletos, sino compra identidad e, incluso, hasta seguridad de ser ellos mismos y poder pertenecer.

En un tiempo en el que el cine compite brutalmente con las plataformas, Wicked es una lección de cómo construir conversación, ritual y fidelidad emocional. Otras marcas lo han intentado con múltiples franquicias, pero rara vez con la coherencia y la sensibilidad simbólica que ha logrado este proyecto.

Los detalles técnicos de la emoción

Ambas películas son visualmente exuberantes, mas nunca gratuitas. La dirección de Jon M. Chu mezcla coreografías fluidas con un uso inteligente de efectos visuales que jamás eclipsan a los actores. El sonido, la paleta de color, el diseño de producción y el vestuario funcionan como un lenguaje propio donde cada detalle cuenta algo: las texturas saturadas de Shiz, la frialdad industrial de la Ciudad Esmeralda y el contraste entre la teatralidad de Glinda y la crudeza de Elphaba

Es una producción que respeta al teatro, pero no intenta imitarlo, se conduce precisamente para el lenguaje cinematográfico. Y lo más importante, conserva la emoción primaria que ha hecho que Wicked permanezca dos décadas como un fenómeno cultural.

Lo que Wicked nos deja como cultura corporativa:

  1. La diversidad auténtica crea innovación, no decoración.
  2. Quien controla la narrativa controla la realidad.
  3. El liderazgo es sacrificio, no popularidad.
  4. La empatía con los vulnerables revela el carácter de una organización.
  5. No hay éxito sin pertenencia emocional.

Wicked es, en esencia, una historia sobre cómo un sistema puede convertir al distinto en enemigo y a la obediente en autoridad, pero también es una historia sobre el poder de una amistad improbable que se convierte en brújula moral.

En tiempos donde la conversación pública es una batalla de narrativas, Wicked aparece como una advertencia y una invitación. Advertencia a que cualquier persona puede ser convertida en villano si el relato dominante así lo decide. E invitación a que la única forma de resistir es elegir profundamente a quienes nos acompañan.

Ya que en un mundo donde todos buscan —o buscamos— volar por separado, la verdadera hazaña es conocer a aquellas personas, o estar en lugares, que nos hagan mejorar, que nos hagan saber que, gracias a esas vivencias, hemos cambiado para bien.

Más acerca del autor
Enrique Hagmaier

Enrique Hagmaier

Consultor en PR y Comunicación